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viernes, 19 de junio de 2009

Lágrimas Libres


Iba sentada en el asiento de atrás, aparentando ver por la ventana, mientras mi madre me decía como si me dijera cualquier cosa que no regresaba a Mérida hasta Agosto. Ya lo veía venir, desde hacía dos días que comenzó a darle largas a las decisiones inmediatas que involucraban mi partida, pero por alguna razón pendeja, me guardé un trocito de esperanza detrás de la oreja.


Frustración, eso sentí. Impotencia, desilusión, desesperación. Como hacía mucho no me pasaba, me fue imposible controlar mis lágrimas. Ni un sollozo, ni una mueca, ni un quejido. Solo lágrimas, que aparecían una tras otra justo a tiempo para atravezar mi cara, antes de que hubiera podido secarme la mano con la que había intersectado la última.


Mi hermana se subió al carro minutos después, leyendo en mis ojos tan indiscretos, que algo iba mal. Me miró y me dedicó en medio segundo un gesto imperceptible, preguntándome qué pasaba. Con otro gesto menos sutil y más violento, le respondí que me dejara en paz, dejándole ver que no iba a haber un "más tarde" en el que se lo explicara.


Apenas el carro dejó de moverse, comencé a moverme yo para salir de él. Estaba ya dentro de la casa, cuando habían comenzado a bajar del carro, así que no tuve que preocuparme por mantener las lágrimas entre mis pestañas. Caminé hacia mi cuarto -que no me pertenece- pasando de largo la mesa puesta y el olor a comida. Me subí a la cama y después de sacarme la ropa en dos jalones y ponerme una pijama en otros dos, hundí la cara en la almohada.


Ni un sollozo, ni una mueca, ni un quejido. Solo lágrimas, las mismas de hace rato, pero libres. Contuve la respiración dos segundos, tres, cuatro, después me aclaré la garganta y me disculpé desde lejos, por no participar en el ritual diario de la comida en familia, alegando cansancio y dolor de cabeza. Creíble, dado que los otros tres con quienes comparto mi apellido son bien consientes del insomnio que llevo puesto en la cara al trabajo, todos los días, antes de las siete.


Frustración, eso sentí. Impotencia, desilusión, desesperación. Venía a mi pueblo por 10 días, 240 horas, solamente. Regresaría a mi vida al terminar la semana y dedicaría un mes completo a estudiar y trabajar, acomodándo mi tiempo libre entre el proyecto de fotografía que le prometí a Palm, los cafés que les debo a mis amigas y las respuestas que me debo a mi misma.


Hoy me encuentro con dos meses vacíos y torturosos por delante, con ropa insuficiente en una maleta armada con un pronóstico diferente, con una lista de cosas que debería terminar la siguiente semana y no lo voy a hacer, con mi casa hecha un desmadre por el torbellino que armé antes de viajar, faltándome pláticas prometidas, reencuentros esperados.. se suponía que contaba con el tiempo a mi regreso, muchas cosas quedaron a medias.


Hoy me encuentro, por ejemplo, con que por primera vez en tres años no voy a ver el centro de mi Mérida vestido de arcoiris, ni voy a emocionarme tomando fotos, ni mirando a la gente, ni sintiéndome parte de algo. Con que me quedé con las palabras precisas entre los dientes, con las que me disculparía por haberme dado a la fuga en vez de hablar derecho. Con que no voy a poder limpiar con una taza café y dos paquetes de carcajadas todos los "te extraños" que se me vinieron de golpe después de un año. Con que no voy a abrazar a mi amiga, hoy que las paredes de su cuarto le machucan los brazos al caerse.. aunque le prometí estar ahí, aunque ella me prometió veinte sabores de helado.


Me tiemblan los puños, estoy furiosa. Mi hermana entra al cuarto, se que está detrás de mi, queriendo que le explique todo.


-¿Que te hizo mamá ésta vez?


Quererte más a ti, preferirte. Dejar a un lado mi plan, mi petición, mi necesidad.. y dejarlo a un lado solo por ti. Por que el dinero no alcanza para lo mío y lo tuyo al mismo tiempo. Por que hay una lista inmensa de superficialidades que hay que cumplir antes de que te lleguen las XV primaveras, lista que resulta incosteable a menos que tome el futuro inmediato, con el que contaba, y lo tire hacia atrás por encima de su hombro.


Pero tu nada tienes que ver con eso y no mereces sentirte culpable de que llore así, ni mereces estar menos sonriente cuando, en unos meses, te veas frente al espejo de la sala entre telas esponjosas color lavanda.


Te quiero mucho, por eso en lugar de contestarte, me limito a gruñirte algo que se que te quitará las ganas de preguntar nada más.


Ni un sollozo, ni una mueca, ni un quejido. Solo lágrimas libres.

2 comentarios:

polvo de menta dijo...

lo siento

Laura dijo...

Sos una gran hermana, yo tengo una hermana mayor que ha vivido siempre celosa, envidiosa y envenenada conmigo y que me ha hecho cosas innombrables impulsada por el odio.

En cambio vos entendés que tu hermanita no tiene que ver con la actitud de tu mamá y eso es muy noble. Ojalá tus asuntos lleguen luego a buen camino y seás todo lo feliz que merecés.