La sonrisa no se me borra hasta que me tengo que lavar los dientes y me quedo viendo al espejo, irreconocible. ¿Quién es la pendeja que me está viendo y espera besos en la puerta de su cuarto?
¿Qué carajos acaba de suceder?
Mi celular vibra, es un mensaje de Enrique.
Me muerdo la lengua para no dar grititos de júbilo y me agarro fuerte de la loseta. De momento siento que acabo de hacer cuarenta y cinco abdominales. Pum, pum, pum, pum, ¿qué carajos acaba de suceder? Corro de puntitas por la alfombra hasta el sofá al final del cuarto, frente a la televisión. Estaba prendida cuando llegué en un canal "para la mujer moderna" y no hay forma de que encuentre el control remoto. Creo firmemente que es una tortura planeada por mi abuela.
Veo de nuevo el mensaje de Enrique y me dan ganas de no contestar, de verdad que sí, de hacerme la dormida. "La Bella Durmiente". Qué pendejo pensamiento, me iba a quedar durmiendo quién sabe cuántos siglos, porque el pendejo de Enrique no me iba a besar jamás en la vida.
- ¿Ya duermes?
- No, estoy viendo una un programa de mierda, están haciendo pasteles. Me muero de hambre, estoy comiendo los cacahuates que me dieron en el avión.
- ¿Tienes hambre? ¿Por qué no no cenamos?
- Porque ya estoy en pijama.
- Pedimos servicio a cuarto. Si quieres venir, toca la puerta, no tengo problema.
Pum, pum, pum, pum. Considero la posibilidad de salir del cuarto sin que mi abuela se de cuenta. Lo último que quiero es que, además, piense que soy una puta. Ya suficiente tengo con ser la única nieta "lejos del señor". Imposible, carajo, imposible...
- Tentador, pero mi abuela me obliga a casarme si una señorita como yo se escapa con un hombre a la mitad de la noche.
- Siempre es una opción.
- Era una opción, hasta que puse un pie dentro de ésta mazmorra.
- Tú eras la que se tenía que ir.
- Yo tenía frío y tu bostezabas.
Me repetí lo imbécil que fui durante 15 minutos más, mientras hablaba con él y luego, como buena pendeja, me quedé dormida. Al despertar tenía tres mensajes sin leer, uno de ellos, de hacía veinte minutos. Mi abuela estaba dando vueltas por todo el cuarto porque una tía mía, de las tantas que no conozco, iba a pasar por ella para ir a desayunar. Rechacé la convivencia familiar, muy a su pesar, y me quedé en la habitación. Antes de irse, me repitió como siete veces que en una hora tenía que hacer check-out.
- ¿Te dormiste?
Creo que sí, pues buenas noches, México.
¿Sigues en el hotel? Acabo de despertar.
- Estoy aquí, ¿ya te vas a la playa?
- Ya casi, me paso a despedir, ¿se puede?
- Dame 15.
Estúpida, estúpida, estúpida, ¿15 minutos? Al salir de bañarme, tenía otro mensaje. En media hora salía el transporte a la playa. Honestamente, no estaba pensando. No estaba pensando en absolutamente nada. El gran problema fue que no pensé en qué carajos estaba haciendo. ¿Brincando de gustito por un tínayer con novia?
En lo único que podía pensar, por debajo del agua, es en que era un cheque en blanco. Un free-pass. Enrique era alguien que me gustaba, a quien yo le gustaba y a quien no iba a volver a ver en mi vida. No estaba construyendo castillos en el cielo, no estamos hablando aquí de una historia de amor, ni de amor a primera vista, no estamos hablando aquí de algo en plan "Before Sunshine". Enrique era un free-pass para quitarme la espinita de los besos heterosexuales. Enrique era "mi desliz" de una noche. Una buena historia que contar.
Me estaba terminando de vestir cuando tocó mi puerta. Le abrí con una toalla en la cabeza, descalza y sin maquillar. Dos días seguidos siendo tan apetecible como una rebanada de jamón vieja. Y luego, todavía tengo el valor de preguntarme a veces el por qué de mi nula vida sexual.
Apenas abrí la puerta, me puso una sonrisa colgate. A la luz del sol, Enrique se veía más chavito y me saqué de onda. Mucho. Entrando, entrando, Enriquito me abrazó y me dio los buenos días con look playero, lentes de sol y toalla en mano. Le señalé el sillón y me disculpé por "estar tan guapa".
- Pues sí que estás guapa, con todo y turbante.
- Déjame, tenía los minutos contados.
- No es sarcasmo, México, es un cumplido.
No le contesté. Me siguió con la mirada quietecito, callado, mientras me secaba el pelo y me ponía los tennis. Luego, me ayudó a recoger mis cosas y meterlas a la maleta; mientras lo hacía, pasaba cerquita de mi y me pellizcaba los brazos. Estaba a punto de recogerme el pelo, cuando escucho el "déjatelo libre" detrás de mi. Lo miro por el espejo del tocador, está sentado en la cama. Con esa gracia que a veces me invade, dejo caer las manos y lo quedo viendo a través del espejo. El me ve y me sonríe...siento cómo me sudan las manos y, aunque me patee las pelotas, puedo ver cada uno de los años que no tiene en su cara de idiota. Le sonrío de regreso, un poco frustrada.
Veo mi reloj. Enrique está a diez minutos de perder el transporte a la playa y yo, de pagar un día más de hotel. El, aparentemente, pensó lo mismo. Se paró de la cama como flash y agarró una de las maletas del suelo.
- Deja eso ahí, ratero. ¿A dónde llevas mi maleta?
- Vamos, te ayudo a bajarlas.
- No, voy a llamar a alguien de servicio, Enrique.
- Llevo las dos y tu llevas mi toalla.
- Yo puedo con las dos, ya vete, te van a dejar.
Si, soy de esas pendejas. Si, lo estaba corriendo. Si, si no se largaba, lo iba a sacar a patadas. Estaba yo entre jodida del ego y frustrada. El pendejo de Enriquito llevaba 20 minutos en mi cuarto echándome piropos, viéndome con cara de idiota y no me había besado el hijo de puta. Yo sentí morir la oportunidad y me resigné. El cabroncito era fiel, no podía recriminárselo. Lo que si podía recriminarle es ser un calienta huevos de mierda.
- Vale, pues nos vemos. Qué bueno fue conocerte.
Puse una sonrisota de Miss Universo y comencé a ondear el brazo en despedida. Corto, corto, largo, corto, corto, largo. Enrique dio tres pasos al frente y me abrazó, como si fuéramos grandes amigos. Me mantuvo ahí más del tiempo políticamente correcto y luego, sin soltarme, me repitió que había sido bueno conocerme. Le sonrío de nuevo mientras me mira sin parpadear. Justo antes de terminar de agarrar valor para besuquearlo yo, me suelta y camina hacia la puerta. Me sonríe antes de cerrarla. Hijo de puta.
Llamo a recepción, pido que me envíen un botones. ¿Así se le llama? Botones. Me siento en la cama y me quedo en blanco, y luego me pregunto si, de verdad, mi vibra lésbica es tanta que ahuyento a los hombres. Soy una pendeja, ¿no? Me duele el ego, me duele el ego. Tocan la puerta y, cuando veo por la mirilla, en lugar del botones está Enrique.
Consideré no abrir, consideré tirarme por la ventana, consideré esconderme debajo de la cama. No había duda, Enrique había regresado para una sola cosa.
Besos heterosexuales.
Besos heterosexuales.
Besos heterosexuales.
- ¿Qué haces aquí?
- Vine a despedirme de nuevo.
Literal, eso me dijo. LITERAL. ¿Qué puedes pensar después de que te dicen eso? A mi lo único que se me vino a la cabeza fue un besazo, de película, con pelo agarrado y todo. O uno de película PG-13, en plan puberto, con suspiritos y sonrisitas. Como pinches fuera, pero un beso bien dado.
Enrique se me queda viendo de nuevo, me abraza y yo dejo los brazos abajo. Me da una palmada en la espalda, como queja, y yo lo medio abrazo de regreso. Mis manos en su cintura. Pum, pum, pum, pum. Siento que todos los músculos de mi cuerpo se ponen tensos. Se aleja de mi, me sonríe y me da un besito, besititito cerca de la oreja.
Yo lo quedo viendo con los ojos como platos y los brazos pegados a los costados. Ni siquiera parpadeo. En mi cabeza, hay dos líneas de pensamiento. Una que dice "vete, vete, vete, vete ya" y otra, un poquitín diferente, que grita "como te largues de nuevo sin besarme, te va a cargar tu puta madre". Trago saliva, tratando de controlar las ganas de gritarle que haga algo y, por supuesto, Enrique me aprieta los brazos, se da la vuelta y se va con una sonrisota en la boca, mientras camina por el pasillo.
Me quedo como diez segundos inmóvil hasta que desaparece en la esquina y le digo adiós con la mano. En el momento en el que deja de estar a cuadro, mi mano deja de agitarse y le saco el dedo de en medio con las manos temblorosas. Cierro la puerta. No, azoto la puerta. Me cago en todo lo cagable. Me tiro en la cama y, no es broma, pataleo. Me quedo ahí unos minutos, hasta que la puerta suena de nuevo.
- ¿QUIÉN?
Es el botones, esta vez. Saco mis maletas y las guardo en un locker. Mi abuela no me contesta, pero supongo que faltan como dos horas para que llegue. Camino al restaurant y, lo más amable que puedo, pido un repinche cereal con leche, porque es lo único que puedo pagarme. Mientras desayuno, me llega un mensaje. Es de Enrique.
-Estoy en la playa, está preciosa. Ojalá estuvieras aquí.
-Chinga tu madre, Enrique.
También me gusta leer lo que piensan de lo que pienso. Comentarios, por favor!
domingo, 29 de diciembre de 2013
martes, 12 de noviembre de 2013
El beso y su ausencia.
Conocí a Enrique en Diciembre del año pasado.
Me encontró tirada en un camastro en la alberca de un hotel, muy, pero muy cercana a cruzar el límite de tolerancia hacia mi familia. Le colgué el teléfono por tercera vez a mi abuela, con quien compartía el cuarto, diciéndole que no iba a subir pronto, que quería estar sola y no tenía sueño.
Eran casi las diez de la noche y la alberca estaba desierta. El frío había hecho que, uno a uno, todos los huéspedes del hotel se fueran metiendo al restaurant. Llegó poco después de que se fuera la última persona y se sentó tres o cuatro camastros después del mío. Jeans, camiseta negra, sudadera, converses y gorra. No alcanzaba a distinguir si era hombre o mujer por la poquísima luz que se filtraba debajo de su gorra y porque su cara era de lo más ambigua. Y su ropa también. Y traía tantita melena. Y, la verdad, tampoco alcanzaba a distinguir curvas.
¿Qué pedo?
Me picó la curiosidad, pero no estaba yo como para acercarme a socializar. Me estaba tragando unas Pringles y un Té Arizona como cena, era para lo único que me alcanzaba. Había dejado mis cosas en el cuarto y entrar a buscarlas, significaba jamás volver a salir. Traía puestas unas botas de nieve, unos leggins gruesos y un suéter gigante. Debajo, solamente una blusa delgada. No había punto medio: o era un tamal de tela o me cagaba de frío.
Mi realidad poco favorecedora mató al gato antes de que la curiosidad lo matara, así que me acomodé boca arriba a hacer absolutamente nada más que comer Pringles con la delicadeza de un jabalí.
Quien fuera que estuviera sentado a cuatro camastros de mi, tenía buen gusto musical, pero poca educación. Incluso con los audífonos puestos escuchaba su música. Opté por quitármelos y joderme con su playlist. Me asomaba discretamente y por más que trataba de enfocar, no detectaba algo que resolviera si era Victor o Victoria. Si era Victoria, con esa pinta, definitivamente era de las Victorias que bateaban de mi lado.
Me cachó mirándolo y no me quedó de otra que sonreír educadamente y levantar la mano como idiota.
Y el idiota se volteó sin contestarme. Me ignoró. Hijo de la gran puta. ¿No me vio o me ignoró? HIJO DE PUTA.
Bajé la mano como un resorte y aparté la vista.
Me desparramé en el camastro y me volví a poner los audífonos. No habían pasado ni quince minutos, cuando pegué un grito al darme cuenta que había alguien sentado a diez centímetros de mi. Me arranqué los audífonos y me hice para atrás mientras el hijo de puta que me había ignorado el saludo, me decía "Hey, I'm Enrique, wanna talk?" con un acentito pedorro que no logré distinguir a la primera.
Le dije que sí, medio mamonamente y nos dimos cuenta que los dos hablábamos español. Intercambié los clásicos comentarios acerca del clima en plan "hace.frio.no.si.bastante.ayer.habia.menos.ah.ok" y luego no supe qué más decir.
Él, sin embargo, sí sabía.
- ¿Eres mexicana, no?
- Si.
- Yo soy de Venezuela. De Maracay. Llevo tres días acá y no te había visto.
- Llegué hace un rato.
- ¿De dónde, que traes toda esa ropa de invierno? - no esperó a que contestara - Si hace frío, pero no tanto. ¿Vas a estar aquí todo el fin de semana?
- No, me voy mañana al medio día.
- ¿Tan pronto? ¿A dónde te vas? - no esperó a que contestara - Deberías quedarte. Mañana iré a la playa.
- Ya tengo mi boleto y no vengo sola, pero para la chinga que me espera llegando a mi casa, preferiría quedarme, créeme.
- ¿Qué chinga?
- Familia de visita.
El sujeto se aventó una palabra extraña por cada diez que decía. No sabía yo que los venezolanos hablaban así, de verdad que no. La mitad de las veces, sin importar lo que me preguntara, no tenía tiempo para responder... pero funcionó de alguna forma, porque platicamos como dos horas y me reí como loca.
Después de cagarnos en nuestros respectivos presidentes, en la religión y en el mundo, le conté que era bisexual y que solo había tenido relaciones con mujeres. Él me contó que tenía novia y yo me aguanté las ganas de decirle "qué lastima, pana". Le conté que recién me había graduado y el me contó que acababa de entrar a la universidad. Tenía 19 años, el venezolano. Guardé las garras.
Como a la una de la mañana, la temperatura bajó demasiado y decidimos entrar. Él no paraba de bostezar, pero no paraba de hablar, tampoco. Le dije que era mejor que nos fuéramos a dormir, que los dos teníamos que despertar temprano y me dijo que si, un poco de mala gana.
Saqué mi tarjeta para ver el número de cuarto y resultó que, no solo estábamos en el mismo piso, si no que yo era el 419 y él, el 412. Divertidísimos y ahogando la risa al pasar por la recepción desierta, nos metimos al elevador y presioné el botón con el número 4.
Antes que se cerrara la puerta, entraron cuatro gringos cuarentones con sus señoras esposas oliendo a tequila. Nos pegamos hacia uno de los lados y seguimos hablando en voz bajita. Los gringos salieron en segundo piso y nos dejaron a los dos pegados, hablando en voz bajita. Me quedé callada y le sostuve la mirada, pero por dentro estaba como venado lampareado.
Él se estiró y volvió a presionar el botón del cuarto piso y no hablamos hasta que la puerta se abrió.
Me iba a despedir al salir del elevador, pero me dijo que me acompañaba a la puerta de mi cuarto, al final del pasillo. Mientras caminábamos, intercambiamos números telefónicos y demás cortesías. Cuando llegamos a la puerta, Enrique traía las pupilas como si se hubiera metido una línea de coca... hasta la fecha no sé si ésto es cierto, o me lo estaba imaginando.
Nos despedimos y me abrazó. A mi los músculos de la espalda y de los brazos se me quedaron quietos y no supe qué carajo hacer. Jamás en la vida, nunca, nunca había tenido encuentros del cuarto tipo con un tipo. Enrique me iba a besar. Me iba a besar. Me iba a besar.
Me apretó mientras me decía que qué bueno que nos hubiéramos conocido y se alejó sin soltarme los brazos. Me dio un beso en cada cachete y se hizo unos pasos hacia atrás con un gesto visiblemente incómodo.
Yo puse mi mejor sonrisa para no develar el madrazo al ego que había dado. Traía yo las ideas revueltas y poco claras.
Pues, la sonrisota... antes muerta, que sencilla. "A ver si nos alcanzamos a ver mañana, Enrique" y saqué la tarjeta de la bolsa de mi suéter y me giré para abrir.
- Aquí iba un beso, ¿verdad?
Me giro de nuevo y está con los brazos cruzados dos pasos más adelante.. Lo veo y no le digo nada. Suspira pesadamente y yo no digo nada, pero tampoco él. Hijo de puta. Vuelvo a poner mi sonrisa Colgate.
- No va nada, Enrique. Ni tu ni yo estamos para eso.
- ¿Y si no tuviera novia? - no espera a que conteste - Si no tuviera novia, aquí iba un beso.
Me estiro hacia donde está y le aprieto el brazo con la sonrisota, mientras le digo que es un pendejo. Abro la puerta lo más silenciosa que puedo y agito la mano despidiéndome.
La sonrisa no se me borra hasta que me tengo que lavar los dientes y me quedo viendo al espejo, irreconocible. ¿Quién es la pendeja que me está viendo y espera besos en la puerta de su cuarto?
¿Qué carajos acaba de suceder?
Mi celular vibra, es un mensaje de Enrique.
lunes, 4 de noviembre de 2013
Qué horrible sueño.
El sueño comienza conmigo acostada, viendo al techo, en un consultorio ginecológico.
Mi mamá está sentada al lado de mi, con cara de que no le hace gracia nada. Me pongo las manos sobre la cara y escucho a lo lejos cómo el doctor menciona algo de tener tres meses de embarazo. Tres. Tres. Tres.
Acto seguido, me encuentro en una especie de "universidad del terror", tomando una clase acerca de chingaderas relacionadas con aprender a pujar y a respirar y a cosas que me hacían sentir mareada. Físicamente mareada. La clase termina y me siento terriblemente humillada. Y mareada, carajo.
Me siento en una banca a esperar a que mi mamá llegue por mi. Tengo puesto un vestido de tela suavecita, como de algodón, muy suelto de abajo. Y unas sandalias de tiras muy delgadas. El sentirme incómoda en esa ropa, me hace sentir vulnerable. ¿Desde cuándo me visto así?
Me siento terriblee y no puedo pensar con claridad. Por más que lo intento, no logro recordar cómo carajos es que estoy embarazada. No me he acostado con un hombre, jamás, nunca. ¿Cómo carajos estoy embarazada?
Levanto la mirada y me encuentro caminando en una calle rodeada de casas setenteras y enormes, como de colonia vieja de ricachones. Casas remodeladas, bonitas, pero no tengo idea de hacia dónde camino. El puto vestido y las sandalias de tiras delgaditas, sin embargo, están haciendo de la experiencia una pesadilla.
No tengo idea de por qué me molestan tanto, pero estar vestida así, de verdad que me hace sentir vulnerable. Como señorita en apuros. Maldito vestido de tela ligerita, siento que en cualquier momento se va a levantar, siento que tengo que ir caminando con las piernas pegadas, siento que las malditas sandalias me cansan.
Pero no dejo de caminar y de pensar. No puedo recordar cómo carajos quedé embarazada. ¿Fue aquella vez que me emborraché con éste cabrón? Si está guapo, carajos, guapísimo, pero no me acostaría con él en la vida. ¿Por qué carajos sigo caminando? Estoy cansada.
Me viene a la cabeza algo, ¿qué es? ¿qué es?
Estoy en casa de mi tía, toda la familia está ahí. Muy pronto, me doy cuenta que todo el mundo sabe que estoy embarazada y que todo el mundo está que tira papel picado al cielo. ¿Por qué chingados están tan felices? Muy felices por mi, muy contentos, no pueden esperar al sobrino. Veo a mi mamá sonreír del otro lado de la sala y me saca de onda.
Una prima se sienta en la mesa y me suelta algo como "Ven, quiero mostrarte unas imágenes que encontré para el baby shower".
Siento una presión enorme en el pecho y ganas de llorar. Le grito que no quiero ver NADA relacionado con bebés, nada, nada, nada. Alguien trata de calmarme y vuelvo a gritar que me dejen en paz. Salgo al patio y luego a la calle antes de que alguien pueda detenerme.
Y entonces me doy cuenta de que, una vez más, estoy caminando en esa colonia de ricachones, con el puto vestido y las putas sandalias y el puto cansancio. Todo el tiempo estoy pensando en mi vientre, todo el tiempo siento algo ahí que no sé cómo explicar, como si tuviera pánico de que algo me pasara, que algo nos pasara. Siento que llevo un círculo de tiro al blanco, cuyo centro es mi ombligo. Lloro en silencio mientras camino.
¿Qué estoy haciendo aquí? Ah si, estoy buscando al padre de mi hijo. AL PADRE DE MI HIJO. En algún punto, durante la reunión familiar, alguien me aclaró algo sumamente importante: yo había estado saliendo con un cuate mayor, así, plan treintón/cuarentón, no lo sé. Alguien con una profesión pedorra y una oficina en ésta colonia pedorrísima, aparentemente.
Lo recordaba, sí, tal vez incluso recordaba haber salido con él un par de veces. Lo que no recordaba era haberme acostado con él. Mi plan era llegar y preguntarle "¿Cogimos?", pero por alguna razón, tenía la idea de que éste cuate ya sabía que estaba embarazada. Tenía que hablar con él, tenía que averiguar cómo carajos había llegado a caminar en vestido y sandalias mientras lloraba en silencio. Esa no era yo.
Yo era jeans y converses, yo era el pelo hecho un desmadre, yo era no niños, por favor, no llanto, no chinguen. Yo tenía planeado irme a estudiar una maestría, por allá, lejos, a un país con 20 grados menos. Yo me iba a tatuar pronto, yo iba a cumplir 25 y me iba a poner una peda magistral, yo era más lesbiana que bisexual, chingada madre... ¿qué hacia embarazada?
Sentía que quien yo era y quien yo quería ser se convertía en un rayón en la última hoja del cuaderno, mismo en el que la historia de mi misma, convertida en madre, se escribía con cada respiración, vestida para siempre en vestido que se levanta y sandalias que incomodan.
Tuve que dejar de caminar, porque tuve ganas de vomitar. No sabía si eran por el maldito embarazo o por el ataque de pánico que estaba teniendo el verme tan perdida, al verme conectada para toda la pinche vida con alguien, responsable de alguien 24 horas al día por los próximos 10 años, sabiendo que todo lo que hiciera tendría repercusiones en la vida de alguien. Para siempre. Sin descanso. Ser mamá.
Trato de llamarle a mi mejor amiga una, dos, mil veces. Nunca puedo marcar bien, nunca entra la llamada, me estoy quedando sin batería. Necesito hablar con ella con urgencia. Quiero abortar. Abortaría y le diría a todo el mundo que había sido un aborto espontáneo.
Sentía que era una pesadilla, que solo necesitaba despertarme, que, de verdad, eso no me podía estar pasando. Pero era real y esa sensación en el vientre no me dejaba en paz. Sabía que si tenía a ese bebé, lo iba a amar y me iba a desvivir por el y no me iba a importar haber dejado todo... pero no quería hacerlo, no quería perderme y dejar de vivir por quedarme a tejer en una mecedora. Quería despertar, ser egoísta, vivir.
Me negaba, de verdad, no soportaba la idea de tener un hijo.Tuve rabia y desesperación y ganas de tirarme en esa banqueta a llorar hasta secarme.
Mi hermana dice mi nombre y abro los ojos como platos. "Ya despiértate, ya son las 10", no ha terminado de decirlo, cuando brinco de la cama y me paro apoyada en la pared. El corazón me está latiendo como si hubiera corrido diez cuadras y siento una presión en el pecho horrorosa.
Mientras me acuerdo de más cosas soñadas, siento más presión en el pecho. Estoy sumamente feliz por que haya sido un sueño y sumamente desconcertada por haber sentido cosas tan horribles al pensar en estar embarazada.
Camino a la sala y me siento en un sillón, descalza, con las piernas abiertas y con una rebanada de pizza fría en la mano. Cuando me la termino, le envío un mensaje a mi mejor amiga.
-Soñé que estaba embarazada, que no sabía quién era el padre y que quería que me llevaras a abortar.
-Fuck, qué horrible sueño...
miércoles, 30 de octubre de 2013
Ser bisexual, ser de pueblo, ser en soledad.
Durante mucho tiempo, pensé que la primera vez que había tenido "vibra lésbica" había sido a los 15 años, cuando me enamoré de mi primera novia.
Hace relativamente pocos años, un recuerdo bloqueado volvió a mi:
Tenía aproximadamente 8 años y me di cuenta que era diferente a mis amigas. No me gustaba alguien en especial, no estaba infantilmente enamorada de alguna niña, pero sabía que era diferente. Mi cerebro era un puñado de arena en el que resaltaban dos o tres cosas que no podía conectar, por más que trataba.
Vivir en un pueblo pequeño no me ayudaba a entender qué era lo que me hacía diferente, mucho menos a darle un nombre. Me sentía sola, me sentía extraña, me sentía vulnerable y me sentía aterrada. De verdad creí que era la única niña en el universo con esa maraña de ideas en la cabeza. El concepto de homosexualidad era algo sumamente confuso e incoherente.
Conocía a algunos hombres gays. Mi vecino de 12 o 13 años era "maricón", o así era como le decían en la primaria. "Rarito" le decía mi mamá, con tantito más respeto. Nadie decía gay, era una palabra que no existía en mi vocabulario, aunque el concepto me diera vueltas dentro. Un mal concepto, por supuesto. Alexis era frecuentemente molestado en el colegio, imitaban su tono de voz agudo, su forma de caminar y cada característica que lo definiera como algo diferente al "niño normal" que sus compañeros esperaran que fuera.
Además de él, conocía a un pariente lejano mío, Mario. El estaba en sus treintas, era abiertamente gay y abiertamente criticado. Mario no iba a las comidas familiares y siempre lo veía solo. Escuché varias veces que llevaba una vida de excesos, además de haberse hecho varias operaciones. Mario tenía amigos, todos como él. Algunos de ellos tenían el cabello teñido de rubio y siempre los veía borrachos. Desequilibrio, descontrol y desmadre que generaban un rechazo tanto dentro de la familia, como fuera de ella.
Yo me ponía a pensar en qué pasaría con Alexis cuando "fuera grande", como Mario. ¿Se iba a convertir en alguien así? Alexis era muy tímido y reservado, me preocupaba que hiciera todas esas cosas malas, que la gente le diera la espalda, como se la daban a Mario.
Incluso entendiendo el concepto de homosexualidad, aunque sea a medias, seguía sin entender qué era lo que pasaba. ¿Todos los hombres a quienes les gustaban otros hombres eran así? ¿Habían mujeres? ¿Yo era la única?
Me dio muchísimo miedo saberme en el mismo costal que Mario y Alexis. Por un lado, no me imaginaba contándole a mis papás que me gustaban las niñas y que me dieran la espalda. O, incluso aunque no me la dieran... ¿qué diría mi familia? ¿y mis tías de la socialité? ¿mis abuelos? ¿me invitarían a las reuniones familiares? Me darían la espalda, todos, o hablarían de mi a mis espaldas, que era peor. Sentirme observada, vulnerable, juzgada. ¿Qué dirían mis amigas? ¿y los papás de mis amigas? Seguro les prohibirían verme o ellas tendrían miedo de mi.
Y cuando fuera grande, ¿qué? ¿Tendría que estar sola siempre, como Mario? ¿Qué tipo de personas serían mis amigas? ¿Habían mujeres como yo? ¿Yo era la única? ¿YO ERA LA ÚNICA? No conocía a nadie, a n-a-d-i-e, jamás me habían hablado de mujeres que se enamoraran de otras mujeres, ni si estaba mal. Pero yo sabía que estaba mal. A veces me golpeaba en la cara la palabra "machorra", pero era todo. Y yo no era machorra. Me gustaba mi vestido azul y tener el pelo largo, no jugaba futbol, no era machorra. ¿Tendría que serlo?
Decidí que no quería ser machorra, ni ser molestada en el colegio, ni que mis papás me dejaran de querer, ni hacerlos sufrir, ni que mi familia me criticara, ni estar sola. Lo decidí, así como se decide no comerse todos los chocolates de la caja en una sola tarde. Esa no era yo, ni quería serlo.
Y no lo fui, o eso me hice creer durante mucho tiempo. De dientes para fuera, claro, porque aunque había bloqueado esa línea de pensamientos, me seguía sabiendo y sintiendo sola.
Crecí rodeada de amigas, hablando de las Spice Girls, de Hanson, de brillos labiales con olor a chocolate y de todos sus novios. Yo nunca tuve uno. Me gustó un güerito cuando tenía 10 años, pero hasta ahí. Sentía casi la obligación de encontrar alguien a quien atribuirle mi pendejo corazón por temporadas, porque si no me inventaba eso, no tenía de qué carajos hablar.
Con el tiempo, le fui perdiendo el miedo y aprendí el significado de la palabra lesbiana. Que, por cierto, me sonaba horrible. Luego, aprendí que no todas las lesbianas eran machorras, así, traileras, cabronsísimo. Cuando tuve como 12 años, apareció frente a mi por primera vez el concepto "bisexual" y sentí que algo encajaba dentro de mi. Me gustaba sentir que tenía opciones, no tener que dejar de ser yo para pertenecer a un concepto. Me gustaba saber que no tenía que ser machorra, pero que estaba bien que no me encantaran las faldas y los tacones. Me gustaba saberme menos confundida.
Sin embargo, a pesar de que resolvía poco a poco la maraña de ideas que tenía, me seguía sintiendo sola. No quería decírselo a mis amigas, no estaba preparada. Más de una vez estuve a punto de decírselo a una de ellas, la única que sigue a mi lado más de 10 años después... la Flaca era alguien a quien yo admiraba mucho y sabía que no me iba a juzgar, pero ni siquiera me pasaba por la cabeza cómo soltar algo así de grande.
Me sentía sola, además, porque de las 30 mil personas que habían en mi pueblo, no había ninguna mujer lesbiana. No tenía un modelo a seguir, alguien a quien mirar hacia arriba, una sola mujer que me hiciera ver que no era la única pinche freak en todo el pueblo. Que había alguien más como yo, allá afuera, que no me iba a pasar nada.
Es difícil de entender cuando creces en una ciudad, lo supe después. En un pueblo, todos son hijos de alguien, sobrinos, ahijados y todos están bajo la lupa de la chingada gente. Mi mamá y todas las mamás de mis amigos eran omnipresentes. Todo el mundo se enteraba de todo lo que hacías y dejabas de hacer. Siempre me pregunté qué iba a pasar si me llegara a gustar alguien, fuera hombre o mujer. Pero, ¿quién me podía gustar? Era la única pinche lesbiana de mi pueblo. O bisexual. No estaba segura.
¿Cómo se supone que yo descubriría quién chingados era? ¿Iba a estar sola el resto de mi vida? ¿Jamás iba a tener novia? Estamos hablando de principios de los dosmiles, viviendo en mitad de la nada, en una ciudad pequeña, léase "pueblo", en el cual todo el mundo sabía quién era. Me sentía asfixiada, observada. Yo no tenía otra realidad con la cuál comparar en la que yo vivía, así que pensé que sería lo mismo en donde sea.
En el 2003 sucedieron muchas cosas.
Primero, aparecieron haciendo un escándalo impresionante dos chavitas vestidas de colegialas besándose bajo la lluvia. Ustedes pueden decir lo que quieran, pero el ver que Lena y Julia se besaran en todos los canales me hizo vibrar y sentir que no estaba sola, que había alguien más allá afuera, no importaba qué tan lejos, que era igual que yo. Todo el mundo hablaba de eso, para bien o para mal. Los comentarios negativos era algo que esperaba, pero los positivos de las personas que menos me imaginé, me hicieron sentir una aceptación indirecta que no había sido consciente de necesitar.
Poco tiempo después, encontré en la televisión la película "The Truth About Jane" una tarde que me quedé sola en casa. Ellen Muth era Jane, una gringuita de pocos años más que yo enamorada de una amiga de la escuela. Durante la película, Jane se sentía sola y diferente, aterrada por sus sentimientos, rechazada por sus padres. Me sentí identificada, por supuesto, me dio muchísimo miedo tener que vivir lo que ella vivía... y al mismo tiempo, sentí que no estaba sola, que había alguien allá afuera, no importaba qué tan lejos, que era igual que yo. Jane tenía amigos que la aceptaban y sus padres, al final del cuento, terminaban haciéndolo también. El proceso había sido difícil, pero me dio esperanzas.
Por último, tuve la oportunidad de leer a lesbianas y bisexuales. Y eso sí que construyó algo muy fuerte dentro de mi. Me sentí acompañada, me sentí protegida. Sentí como si hubiera encontrado cientos de "madres sustitutas" a través de Rompiendo el Silencio, una revista lésbica chilena, a quien le debo más que a todo lo anterior. Por primera vez tuve la oportunidad de meterme en la cabeza de mujeres como yo y saber lo que pensaban, cómo vivían, a qué se dedicaban. Eran hermanas lesbianas, bisexuales, mujeres, latinas, como yo. Eran fuertes, inteligentes, interesantes y me cuidaban, aun sin saberlo, aun sin haberme puesto jamás en contacto con ninguna de ellas.
Me sentí un poco menos sola, a pesar de que "nada había cambiado" en realidad. Me sentí menos sola, más segura. Y si, seguía viviendo en el mismo pueblo de mierda, seguía bajo la lupa, seguía estando dentro del closet y sin visitas en él. Pero algo había cambiado dentro de mi, tenía esperanzas, sabía que no importaba hacia dónde caminara, yo tenía la oportunidad de romper con el estereotipo de homosexualidad jodida bajo el que había crecido.
Entendí, por primera vez, que ser lesbiana o bisexual era algo que me pertenecía, pero no me definía. Que podía ser muchas cosas más además de eso, que no tenía que darle explicaciones a nadie si no se me daba la gana, que tenía una oportunidad de crecer fuerte, de llevar una vida normal, sin ser marginada o rechazada.
Poco tiempo después me enamoré, me fui de vivir del pueblo y todo pasó demasiado rápido después de eso. Tuve la oportunidad de conocer mujeres maravillosas que cuidaron de mi cuando fui muy joven y que siguen siendo amigas mías hasta el día de hoy. Tuve la oportunidad de experimentar quién chingados quería ser. De que me rompieran el corazón y enamorarme otra vez, y otra, y otra.
Y si, mucho tuvo que ver que me salí del pueblo para estudiar, pero hoy puedo regresar ahí sin miedo. Incluso si me hubiera quedado ahí, sé que las cosas hubieran mejorado lento, pero seguro.
Las cosas mejoran y eso es algo que quiero dejar claro para cualquier persona que de pura cagada llegue a éste post con el mismo sentir. No estás solo, no eres la única que está confundida, no eres el único que siente que nació en el cuerpo equivocado, no eres la única que odia tener que usar vestidos. No estás solo, habemos muchos como tú y todo va a estar bien, aunque tu vida parezca una broma de mal gusto en éste momento.
No todos los padres echan de casa, no todos los amigos dan la espalda, no todos los adultos son de mente cerrada, no toda la familia te juzga. Y aun si así fuera el caso, no estás solo, de verdad que habemos muchos.
Habría sido algo que me hubiera gustado saber todo el tiempo que me sentí sola y asustada, que me sentí fuera de lugar, que me sentí sin esperanzas. Espero que ésto llegue a mi yo del pasado o a quien quiera que lo necesite.
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