También me gusta leer lo que piensan de lo que pienso. Comentarios, por favor!
miércoles, 17 de julio de 2013
Reinventarme
Éste post existe más de una vez. No sé exactamente cuántas veces lo he escrito, pero sé que ya existe.
Aparentemente mi vida está escrita en círculos y aparentemente no tengo otra opción más que leerla en círculos. Aunque piense, por ratos, que no es así. Círculos. Círculos. Círculos.
Me encuentro, una vez más, frente al déja vu que ha existido desde el final de mi infancia:
Sola, en medio de un mar de gente que me rodea, pero no me acompaña. Que me conoce, pero no me comprende. Que está, pero no está. En paz con la vida, demasiado en paz. Con la picazón de tirar algo al suelo y hacerlo pedacitos, por el puro gusto. Por romper el orden, carajo. Por dejar atrás ésta sensación de que pasan y pasan las páginas, pero la historia se quedó estancada en el capítulo anterior.
Después de romperme la cabeza escribiendo finales felices para todas mis historias sin concluir, decidí que las historias no me importaban más, que me aburrían, que me frustraban. Opté por un final abierto, una omisión o lo que fuera que me dejara en paz lo más pronto posible. Y me doy cuenta que en esas conclusiones, me faltaron palabras por escribir. Que siguen acumulando en mi algo negativo, de vez en cuando. Que hay personas cuya existencia no me afecta, siempre y cuando no existan a mi alrededor. Pero cuando me acuerdo de ellas, me siguen raspando.
Y luego me di cuenta que llevo no sé cuántos miles de siglos sin dar un primer beso, por ejemplo. Sin que alguien me haga perder tantito la cabeza. Sin una historia de amor. El último gran amor que tuve, fue hacia mi misma. Importante e imprescindible, claro, pero creo que me corre por las venas el ser una romántica con ganas de enamorarse como idiota.
Además, ésta re-pinche sensación de "lo mejor está por venir" en plan película adolescente que no me deja en paz. Siento que estoy caminando por toda mi casa, mientras espero ese "algo" que me falta y que no termina de llegar.
Mi vida está demasiado en paz. Y no quiero drama, no quiero desmadres... solo quiero algo, pero no sé qué.
La monotonía es la culpable.
Necesito reinventarme.
lunes, 3 de junio de 2013
Maestro.
Hay muchas mañanas en las que, al despertar, tengo la ligera sospecha de que alguien, durante la noche, me puso un respirador artificial conectado a una pipa de agua con marihuana.
Ésta mañana fue una de ellas.
Después de levantarme norteada a la una de la tarde y salir corriendo a regar las margaritas, me volví a tirar en la cama a terminar de despertarme. Los recuerdos de mi sueño comenzaron a aparecer como música de fondo, al principio. Después, se convirtieron en pequeñas secuencias sin ton, ni son.
Dentro de la cantidad de pendejadas que soñé, hubo una que llamó de lleno mi atención. Por más que trato de darle un sentido coherente, no lo logro.
Era yo, en una ciudad bien fría, con arquitectura colonial, de esas que casi no hay en México. Caminaba en una calle de subida y al dar la vuelta en una esquina, habían tres cabrones con pinta de maleantes. Según yo, bien discreta, me daba media vuelta para regresar por donde había venido y evitarme el problema, pero no lo conseguía. Uno de ellos me trataba de agarrar y yo presentía que ya me había llevado la chingada. Corría calle arriba, pero, aunque pasaban carros, ninguno se detenía a ayudarme. No sé si estaba amaneciendo o atardeciendo, el cielo estaba nubladísimo y casi no había gente en la calle. Uno de ellos me alcanzaba, bastante pronto, pero no me hacía nada más que amenazarme. Después de dejarme bien claro que "a la próxima, no la contaba", yo salía pitando de ahí.
Llegaba a una casa algunas cuadras después, cagada de miedo y de cansancio. Hasta en mis sueños, mi condición física deja mucho que desear. Estaba pintada de verde pistache con los detalles en blanco y las rejas negras. Era una casa antigua, con puertas hasta el cielo y ventanales hasta el suelo.
Estar ahí me hacía sentir menos vulnerable que corriendo por las calles. La casa no era mía, pero hasta ese momento, sólo me quedaba claro que era un lugar en el que me sentía cómoda y me resultaba familiar. Por dentro, era muy amplia y con menos paredes de lo que se acostumbra. La sala y la cocina daban directamente al patio interior en donde había una pileta de agua. El suelo del patio estaba mojado, había estado lloviendo. Los muebles eran antiguos y sin mucho lujo. Parecía la casa de los abuelitos de alguien.
Atravesaba la sala y caminaba hasta el fondo del pasillo, en donde había un cuarto con la puerta entreabierta.
Yo iba entre diciendo y gritando un nombre, aun alebrestada por el susto. No recuerdo cuál, por más que lo intento. Nadie me respondía. Ahora en mi mente estaba claro: era la casa de mi maestro.
Por como percibía yo la situación, había sido su alumna hace algún tiempo y teníamos una relación de confianza, pero hasta ahí. Sentía que el sabía más de mi que yo de el.
Al llegar a la puerta del cuarto, me encontraba con mi maestro atravesado sobre la cama de sábanas blancas de algodón, de esas que hay en todas las casas de las abuelitas de todos lados. Tenía el pantalón de una pijama y la cara enterrada en la almohada.
Esperaba encontrarlo despierto. O vestido. O las dos, en todo caso. Pero me encontraba ésto y me desconcertaba. En mi cabeza pasaban, a toda velocidad, líneas de pensamiento en las que cuestionaba mi falta de educación al entrar con esas confiancitas, la vergüenza casi humillante de haber visto a mi maestro en esa situación tan poco ortodoxa y la posibilidad de que él se hubiera dado cuenta. Por último, entretejida con todo lo anterior y mis pies queriendo volar hacia el final del pasillo, la idea de que de alguna forma que no podía explicar, me había gustado.
Al llegar a la sala, me dejaba caer en un sillón horrible, tapizado de terciopelo verde. Aunque estaba inmóvil en un rincón de la habitación, mi mente seguía acelerada. ¿Me gustaba mi maestro? ¿Cómo? Si lo conocía hace tanto tiempo y siempre me había parecido de lo más ordinario. Además era mayor que yo. Varios años mayor que yo. ¿Cuántos? ¿Veinte? ¿Estaba casado? No estaba casado, vivía solo... no sabía nada de el, de su vida personal, de por qué tenía una casa tan grande, tan antigua y tan sola.
Me sentí, de repente, como en Aura. En una casa vieja, a media luz y con tanto pinche verde a mi alrededor. Con un hombre mayor que yo, cuya edad no sabía y que había pasado de ser alguien "viejo" y absolutamente nada atractivo a.. ¿Cómo es posible que me hubiera descontrolado así el verlo dormir, carajo?
En esas andaba yo, cuando el hombre en cuestión, aparece la puerta. No hace referencia a haberse dado cuenta de mi intrusión, pero algo lo debió haber despertado. Algo, léase, la pendeja de mi. Me paro del sillón con una agilidad que no conocía.
El comienza a caminar hacia mi, atravesando la habitación sereno, impasible. A la pasada, agarra una camisa blanca del respaldo de una silla y se la echa sobre los hombros.
Antes de poder abrochársela, llega a donde yo estoy, con ganas de salir corriendo por la misma puerta por donde entré, pero con los pies clavados al suelo. Me saluda con un abrazo confiado, como se saluda a un niño pequeño. Eso me hace sentir avergonzada por estar pensando en lo que estoy pensando, humillada, por no sentirme correspondida y, extrañamente, aliviada precisamente por no sentirme correspondida.
A él se le hace de lo más normal encontrarme sentada en su sala y me ofrece algo de tomar. Comienza a platicar de algo en un tono monótono, yo respondo en algunas ocasiones. Todo el tiempo me siento inferior, todo el tiempo me pega como un martillo el sentimiento de respeto y admiración y yo no sé qué.
Justo antes de despertar, el sueño me devuelve esa sensación adolescente y casi olvidada de que te guste alguien tan lejano a lo posible, tan incorrecto, tan superior. Y de lo tortuosamente delicioso que se siente.
lunes, 29 de abril de 2013
Las nubes no hablan.
Ayer vi a Nube por primera vez después de seis años.
Luego de un tiempo prudentemente largo de no saber la una de la otra al terminar nuestra relación, nos seguimos comunicando esporádicamente. Letras y más letras, una que otra llamada, nos veíamos pasar a lo lejos. Estar una para la otra en esas ocasiones de mierda. Estar presentes. Hasta ahí. Jamás nos tomamos un café, ni coincidimos en una fiesta, ni nos encontramos en la fila de las tortillas.
Ella cambió y yo cambié, nuestras vidas giran en ejes diferentes y, por más ridículo que parezca, en una ciudad tan monótona como Mérida, esos ejes nunca se intersectaron.
Ayer la vi y, la verdad, hubiera preferido no verla.
Se dio una de esas situaciones que parecen sacadas de una película gringa. Resultó que coincidiríamos, ella, su novia y yo, en una fiesta de demostración de productos en una Sex Shop. Ambas estábamos muy emocionadas por estar en las mismas coordenadas finalmente, con tantos intentos fallidos.
Seis quince de la tarde. Se abre la puerta. Entran Nube y su novia a la Sex Shop, llena de lencería y dildos de todos tamaños, colores y formas. Volteo y sonrío.
Después de seis años de comunicación regular, pero intangible... mi primer impulso fue tangir.
Mi segundo impulso, fue bajar los brazos en plan "abrazo de oso" a una altura decente para el "toquecito" en el hombro a veinte centímetros de distancia, con la punta de los dedos, mientras decía en voz modulada y sin derecho a tomar aliento un "hola.cómo.estás.ha.pasado.mucho.tiempo.muy.bien.también.ah.mucho.gusto.novia.de.Nube.yo.soy.Goma.Rosa.qué.bueno.verlas.comper" justo antes de fingir demencia e irme al carajo.
Estuve a no más de dos metros de distancia durante los siguientes noventa minutos, dije al menos diez palabras por minuto. Dije novecientas palabras a dos metros de distancia, de las cuales no más de cuarenta fueron hacia ella.
Podría comparar la sensación con tener un cristal a prueba de sonido entre las dos a través del cual sólo podíamos comunicarnos por medio de un teléfono, sobre el que su novia estaba sentada.
¿Honestamente? Podría asegurar que no fue por presencia, no va por ahí el asunto. La sujeta creo que ni sabe que Nube es mi ex. La realidad es que el entorno no ayudó, habían demasiadas personas en un espacio reducido, hablando de sexo y dildos y lubricantes y estimulación anal.
A mi, esa madre no me cohíbe en lo más mínimo, pero supongo que no todos somos harina del mismo costal.
Sin embargo, eso no quita que la situación haya sido de las cosas más incómodas y decepcionantes que de vivido en el año. Jodido, les digo. Jodido a morir. Y triste. Qué reencuentro tan pendejo e impersonal.
Pasan las horas y me siento cada vez más molesta al respecto.
Ruéguenle a Dios que no se me haga berrinche.
lunes, 4 de marzo de 2013
Marina & Ulay
Marina Abramovic es una artista dedicada al performance. En los 70's, tuvo una relación amorosa con Ulay, tan intensa como dos artistas pueden tenerla. Durante aproximadamente cinco años, vivieron y viajaron en una furgoneta realizando performances.
En determinado momento, su relación se volvió tensa y sintieron que ya no daba para más. Marina soñó "el mejor final para ellos dos" y lo realizó con Ulay:
Viajaron a La Gran Muralla China y comenzaron a caminar cada uno de un lado, encontrándose a mitad del camino para abrazarse y no volver a verse jamás.
En el 2010, alrededor de 23 años después, el Museo de Arte Moderno de Nueva York, dedicó una retrospectiva a la obra de Marina.
Dentro de lo expuesto, existía un performance en el cual Marina compartía un minuto de silencio con cada extraño que se sentaba frente a ella.
Ulay llegó a dicha exposición, sin que Marina lo supiera.
Éste es el resultado.
Ver éste video me hizo tener un rush de emociones. La expectativa de Ulay montada paralelamente a ella en el performance y entonces... EXPLOTAN.
No necesitaron decir absolutamente nada, no necesitaba, incluso, el cambio de música de fondo. Las miradas fueron más claras que las palabras.
Puedo arriesgarme a decir que no habría alguien incapaz de insertar palabras en éstas miradas.
Tal vez todos necesitamos, en algún punto, un viaje a la muralla y que los años y la vida conviertan el reencuentro en algo así de épico.
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