Hoy te recodé por la tarde.
Mucho.
Me acordé de los días que estuvimos juntas, y de tu olor, y de la lluvia, y de el olor de la lluvia. Me acordé de todas las palabras. De todos los sonidos. De todos los sabores. De tu olor fundido con el tabaco. Del olor a hierba fresca, a café, a chocolate. Y del olor de la lluvia, y de cómo
olía tu pelo mojado y de tu piel secándose en la oscuridad. Y de todas las palabras. Y de todos los sonidos. Y de todos los sabores.
Y te extrañé, como tiene varias estaciones que no te extrañaba.
Y luego te quise matar, Erin. Y luego ya no.
Y luego me quise matar a mi.
Pasan los años y yo, siguiendo el mismo perfil de loca.
Extrañando, siempre extrañando. Como si así debiera ser. Como si no tuviera de otra.
Vivo de la vez que me pintaste las uñas de rojo, de la vez que nos besamos bajo aquel
árbol que parecía un terremoto. Vivo de la vez que rascaste la espalda hasta que dejé de llorar. Vivo de la vez que me quedé dormida y aquella que no eras tu, me acaricio las pestañas con las puntas de los dedos. Vivo de la vez que ella me despertó con un beso. Vivo de la vez que me besó en las escaleras. Vivo de la vez que me abrazó en el frío y me quedé dormida.
Vivo de
momentitos, pequeños, sin sentido. De eso se alimenta mi alma a diario para seguir en combustión y no dejarme dormida dos noches seguidas.
Quería decirte todo esto.
Y que te extraño, pues, pero a eso me dedico.