También me gusta leer lo que piensan de lo que pienso. Comentarios, por favor!

lunes, 26 de noviembre de 2012

Smoke All My Cigarettes Again

Prólogo

Hace algunos meses, después de sentir que mi vida estaba en desequilibrio por la intermitencia crónica de la relación en plan "somos.amigas.pero.no.tan.amigas.pero.te.amo.pero.cuando.seamos.grandes.pero.hoy.no" con Superman, mi ex, decidí ponerle un ultimátum que sabía no aceptaría, lo que me dejaría el camino fácil al alejarme.

El detonante de lo anterior fue soñar que me escapaba con ella. Después de más de un año de no tener una relación con ella, soñé que me escapaba. Me sentí frustrada, estúpida, puberta pendeja, decepcionada de mi y mil cosas más. 

Verme en "el mismo lugar", sentir que no había continuado con mi vida tanto como yo pensaba, me hizo odiar ese sueño. Pinche sueño mamón. 

Corriendo en montaje paralelo hacia un centro en común, a través de un aeropuerto. Colisionando frente a una ventanilla. Comprando tickets para no sé dónde. 

Entonces vino el ultimátum: ahora o nunca.

Sabía que lo iba a rechazar. Lo hizo. Me sentí desdichada por irme y profundamente en paz por que no me detuviera. Y los días pasaron y los días se volvieron más digeribles, comencé a respirar sin nudos en la garganta, ni presiones, ni frustración, ni impaciencia. Y me encerré en mi misma a desenredar no sólo éste nudo, si no algunos más que me quedaban en la cabeza.

Y entonces tembló. Literalmente.

Estaba con mi madre frente a mi cuando me enteré que había habido un temblor. Por inercia, marqué su número y pronuncié, a lo mucho, veinte palabras. La mirada de mi mamá, esperando a que le diera una explicación en conjunto con la voz de Superman, esperando a que le pidiera explicaciones fueron más de lo que podía soportar. Ella prometió enviarme un correo y, honestamente, no pensé que lo hiciera.

Resultó que si lo hizo. Resultó que le contesté. Y que me gustó lo que contesté. Y que me sentí segura y confiada y resulta que entendí las cosas mientras las escribía. Y después de leerlas mil veces, le pedí permiso para publicarlas. Y ella me dijo que sí, cuando pensé que no lo haría. Aún no sé por qué.

Es una idiota en éstas cartas, lo sabemos las dos y ahora lo sabrán ustedes. Espero que tomen lo bueno y que lo malo lo conviertan en experiencia de segunda mano.

Lo que van a leer a continuación no es una historia de amor. Son palabras horribles, que hablan del amor, pero no del amor bonito. Son palabras que raspan y que hacen llorar.


Goma Rosa




De: Superman
Para: Goma Rosa

Estoy terminando de leer tu blog por quinta vez. 

Opte por dejar de extrañarte y soltarte una pequeña dosis de veneno que tengo SEMANAS guardandote. 
No quiero seguir leyéndote, no quiero ni terminar el libro que me regalaste. Estoy a un capítulo de llegar a lo ya no está subrayado por ti. Te estoy dejando notas, fechas en las que te odio, fechas en las que te odio menos,  fechas en las que solo te extraño. 

Te odio.

Definitivo no saber de ti no me hace bien, pero eso es algo que ya sabemos. El punto de esto es que tu estés bien. 

No hay cosa que más me pegue que el abandono de alguien que quiero. De alguien que me pasa por la cabeza todos los días. De la persona que me conoce más de lo que yo me atrevo a conocerme.

Te odio.

¿Que tal el frio? Aquí no hay día que me despierte y esté soleado. Tú lo debes estar disfrutando más que yo.

Me dejaste sin salida. No escribías nada. Tu último post no me dijo mucho más que tus ganas de volver a sentir cosquillas. Nada deseo más que todo mejore y que recuperes tu vida. Pero para recuperar tu vida, definitivo tienes que plantearte bien qué vida quieres recuperar.

La ventaja de no estar es que al aparecer puedes re inventarte. Más tu, que ya dejaste los libros y tareas atrás. 

Sólo en ti va a estar decidir qué persona va a regresar

Cuando mandas a la chingada a alguien es por que no te va a importar su futuro incierto.

Te odio. 

No estas ahí, pero tampoco estas aquí.

Estoy encabronada contigo. 

NO PUEDES HACERME ESTO. 

Perderte dos meses, mandarme a la verga... y luego aparecer así sólo por que tembló.

Superman

sábado, 24 de noviembre de 2012

"El cumpleaños de mi novia"

La primera vez que te dejé fue porque me hiciste sentir que era tu novia, cuando yo tenía bien claro que era la otra.

Inconcebible, ¿no? Usualmente la reacción sería por estar en una situación inversa. En la que el lugar en el que estás descienda en lugar de ascender. ¡Qué falta de respeto hacer sentir a alguien como la otra!

Sin embargo para mi tuvo todo el sentido. Incluso antes de que lograra aterrizar bien las razones que me habían provocado el querer salir corriendo en sentido contrario, sabía que no era una de las pendejadas que hacía por puro berrinche. Aún así, traté de frenar mi impulsividad y buscarle tantito de sentido.

Era mi cumpleaños.

Había quedado con mis amigos en un bar muy cuco, pero hasta la madre de gente. La mesa que reservé, para 25, se convirtió en una de 15 porque, como siempre, llegué tarde. Estábamos apretados, apretados y era interesante encontrarme con los extremos que habían entre las personas sentadas alrededor de mi. Usualmente mis amistades habían sido bastante homogéneas y éste era el primer año que no lo sentía así.

Mi ánimo no era el mejor. Nada en especial, simplemente la suma de las cosas; entre ellas, la relación en plan complicado "NoAndamosPeroNosAmamosPeroSoyLaOtraYAdemásViveLejos" y el hecho de que algunos amigos muy cercanos a mi, o bien no estaban en la ciudad, o bien se habían ido a vivir bien pinche lejos recientemente. Sin menospreciar a los que si estuvieron, pero pues si me dolía la "perdida". Además de la clásica crisis de "¿estoy igual de jodida que el año pasado, o peor?" que me visitaba como era costumbre y me recordaba que éste año si estaba jodida y era mi decisión.

No había externado qué era lo que me tenía chipi, hasta ese día por la tarde, mientras escogía qué chingados iba a ponerme. Estaba hablando por Skype con ella y después de mucho preguntarme, le aventé las razones como era mi costumbre cuando se trataba de Superman: haciendo un berrinche como si fuera una mocosa que se había tirado encima el vaso de leche.

- Y además, tú tampoco vas a estar.

Trató de animarme, por supuesto, de lavarme la cabeza. Yo seguía enojada por la situación y más enojada, por que me afectara tanto. Me conocía demasiado como para seguir intentando hacerme entender razones cuando yo estaba decidida a no querer entenderlas, así que lo dejó por la paz. Y me hizo ruido y me hizo plática y se me terminó olvidando.

Para las diez de la noche, las ausencias ya me comenzaban a pesar de nuevo. Ver "los lugares vacíos" imaginarios a mi alrededor me estaba causando estragos y no dejaba de filtrarse en mi cabeza, aunque no quisiera, el jodido pensamiento de que aparecería Superman frente a todos mis amigos, con la chamarra de cuero, una docena de rosas (las cuales odio, pero ¿qué es una cursilada sin las rosas?) y miles de besos que darme. Irreal y pendejo, pero quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra.

En lugar de ella, entró Silvia.

Alta, alta, alta, morena y de ojos verdes. Vestidito y tacones, por supuesto. Yo no la noté hasta que se le fueron los ojos a un amigo sentado frente a mi y puso cara de albañil piropero. Cuando me di la vuelta, nomás atiné a quedarme callada. Tardé segundos/siglos en emitir sonido y ella me veía entre nerviosa y expectante. ¿Se supone que yo tenía que decir algo?

- Hola.
- Hola.

Ella estaba más incómoda que yo y el que estuviera agarrando una caja con un moño y una rosa, me confirmó que no había sido coincidencia que nos encontráramos. Se rió de mi cara, supongo, cuando me fue cayendo el veinte de lo que estaba haciendo ahí. Qué cara de imbécil debí haber puesto.

- Feliz cumpleaños, Superman te manda ésto, es tu regalo.

Sin una pizca de gracia, me dejó caer encima la caja y la rosa. Vi de reojo como toda la mesa me miraba. Sentí las orejas calientes y las manos sudadas. Empecé a balbucear un "gracias" muerta de vergüenza y antes de que terminara de decirlo, Silvia se despidió de mi y se fue. Era consciente de que la sonrisa burlona que llevaba en la cara estaba relacionada directamente con mi cara de imbécil, misma que toda la mesa estaba viendo cuando me giré de nuevo hacia ellos.

Le quise restar importancia. Me puse las cosas en las piernas, tratando a toda costa de ocultar la rosa. ¡Una rosa, chingada madre! A pesar de que al menos la mitad de la mesa no sabía que hacía casi un año tenía algo parecido a una relación, nadie preguntó nada. No era muy fácil explicarle al mundo la naturaleza "NoAndamosPeroNosAmamosPeroSoyLaOtraYAdemásViveLejos" de lo que yo tenía con Superman.

Calladita y sin dar explicaciones, abrí la caja.

Me encontré con un montoncito de Post-its pegados a la tapa y los empecé a leer en voz baja, hasta que terminé con lagrimones escurriéndome por toda la cara.

Había un Post-it por cada amigo que no estaba conmigo, lleno de letritas deseándome feliz cumpleaños y diciéndome cosas bonitas, todos queriendo haber podido estar. Uno por cada uno. Y al final, uno de Superman, que hizo que me tapara la boca como adolescente apenada.

Metí de nuevo todo a la caja, me sequé las lágrimas con una sonrisota atravesándome la cara y le di un trago largo al cocktail coquetón que había frente a mi. Tan cursi como suena, el corazón se me estaba saliendo del pecho. Eso y las preguntas no hechas por quienes miraban curiosos la caja entre mis manos, me estaban matando.

No habían pasado ni veinte minutos, cuando mi nombre apareció en todas las pantallas del bar.

"Feliz Cumpleaños, Goma Rosa. Te amo"

Sus iniciales al final del mensaje fueron lo único discreto y sutil. Si antes había tratado de restarle importancia, con ésto, se me hacía imposible. La mesa completa leía el mensaje en las pantallas y me miraba sonriente. Grititos de emoción de mis amigas romanticonas, sonrisas burlonas, pendejadas...

Nunca me pongo roja, fisiológicamente me es imposible. Pero hubiera jurado que tenía la cara que me iba a explotar. Tuve que agarrar una servilleta para secarme las manos y sentía que estaba soltando vapor. No podía ocultar la sonrisa gigante en mi cara y al mismo tiempo, no podía sonreír tranquila. ¿Por qué sentía como si se me estuviera olvidando algo?

Se me metió dentro la urgencia de colgarme del cuello de alguien y entonces sentí aparecer claramente la idea fija de que, si me quedaba duda de que los Post-its y la rosa no tenían intención más que hacerme sonreír, la exposición de mi nombre en las pantallas era un mensaje enviado no a mi, si no a todos quienes estaban sentados conmigo.

"Mía"

Eso era lo único que pude leer en las pantallas hasta que la imagen cambió. Y me gustaba leer "mía", pero al mismo tiempo la sensación de que algo se me estuviera olvidando me estaba volviendo pinche loca. Ni quería ni podía ponerme a reflexionar qué era lo que me molestaba frente a todos mis amigos. Malos presentimientos. Lo dejé pasar, por mi bien.

Salí del bar y caminé hasta que el ruido me dejó escuchar.

Y le marqué.

Me contestó diciendo mi nombre y mi apellido. Hasta la fecha, es la única persona que puede decirme mi nombre y mi apellido sin que sienta que me están pasando lista. Me preguntó cómo iba mi cumpleaños y le conté lo que ella ya sabía como si no lo supiera, con voz de Mimmie Mouse. Cuando paré de hablar, lo único que escuché entre sus palabras, fue ese tonito de suficiencia, de novia orgullosa. En mi cabeza me veía claramente parándome de puntitas para ver la sonrisota que sabía que tenía, más de cerca.

- Avísame llegando a la casa, te voy a estar esperando.

Siempre lo decía como si al llegar a mi casa, ella fuera estar ahí. Siempre me mandaba mensajes en plan "¿Sigues despierta? Ya voy para la casa" y siempre se me apretaba el estómago pensando en las mil posibilidades de que eso en verdad sucediera un día, aunque no fuera esa noche.

Al llegar a mi casa, seguía despierta. Hizo que le contara todo de nuevo frente a la cámara y la sonrisa que me imaginé que tenía al teléfono, la tenía multiplicada por mil frente a mi. Como novia orgullosa, no se me ocurre otra comparación. Me explicó cómo había logrado en horas poder localizar a mis amigos y cómo había conseguido poner mi nombre en las pantallas. El tonito de suficiencia volvió a aparecer.

Cuando no quedaron más que bostezos, nos despedimos.

Y sólo entonces, me permití obligarme a recordar lo que sentía que se me estaba olvidando. Lo que me molestaba, lo que me angustiaba. ¿Qué carajos era? ¿Qué? ¿Qué? ¿Qué?

Que yo no era su novia. Y no sólo que no lo era, si no que tampoco iba a serlo.

Que siempre había guardado respeto por los límites, que si bien era consciente de que yo era de ella, completamente, sólo lo sabíamos ella y yo. Que no tenía planes de estar conmigo, chingada madre, que ni siquiera todo el circo de "mi novia cumple años" que había presenciado horas atrás me había hecho dudar de la imposibilidad de tener otro tipo de relación. Que la que siempre me avisaba en dónde estaba era ella. Que ella me daba explicaciones no pedidas y lugares no merecidos, pero que seguía sin significar que las cosas fueran a cambiar. Que yo siempre había mantenido la boca cerrada, porque me daba vergüenza decir que era la otra. Que había preferido no dar detalles de mi estado civil a nadie para no crearme expectativas y que ahora venía ella a anunciarle a todo el mundo que yo tenía dueña.

Y me sentí como la amante en turno, a la que le compran cosas para mantenerla contenta. A pesar de que en ese momento Superman no tenía novia, sabía que lo que había hecho no significaba que yo fuera a serlo. Y sentí que me estaba engañando, entonces. Y eso me hizo sentir peor.

"No está con nadie, no quiere estar conmigo... pero le dejó claro al mundo que NADIE puede estar conmigo"

Me sentí casa chica, me sentí promesa de divorcio, me sentí putona y todos los demás clichés que había aceptado sin chistar durante todo el tiempo en el que ella, de hecho, tenía una relación y yo si era la otra.

No había nada que la detuviera. Ahí estaba yo, loca por ella, con mi rosa y mis promesas de amor. Con su sonrisa torcida de suficiencia. Con todos mis amigos enterados de que estaba completamente enamorada de alguien. Y ahí estaba ella, gritándole al mundo que me amaba, sin una sola razón para no estar conmigo, pero seguía sin estarlo.

Entonces, sólo entonces, después de un año de mierda hasta el cuello y mil razones para haberte mandado al carajo antes, supe que estaba lista para irme. Y empecé a empacar mi amor en maletas, sin que te dieras cuenta.

Cuando veinte días después tu jurabas que mi partida era un berrinche infundamentado y te vi llorar desconsoladamente, odiándome por irme y odiándome más por no estar llorando como tu, yo ya te llevaba los mismos veinte días de ventaja.

Ya había dicho en voz bajita miles de veces las palabras que te iba a decir para desarmarte, para que no tuvieras argumentos coherentes, para acostumbrarme a ellas, para que no se me escurriera una sola lágrima a pesar de que las tuyas fueran así, como me imaginé que iban a ser.

Así fueron las cosas, perdón por no contártelo nunca y perdón por contártelo así, pero ésto no lo escribí para ti, si no para mi.

viernes, 5 de octubre de 2012

911



Algo que me sucede muy seguido es acordarme de la cita exacta de algún libro, buscarla y leerla. Muchas veces me quedo leyendo un poco hacia adelante y hacia atrás, como quien recuerda la vida que no es suya.

Hace 10 minutos estaba parada sobre mi cama, alcanzando uno de mis libros favoritos. Una vez lo tuve en mis manos, me dejé caer sobre mis piernas y empecé a buscar, al tanteo, la página que quería. Leí un párrafo completo, luego algunas páginas hacia adelante, después algunas más... entonces, cerré el libro de golpe y lo tiré al lado mío, como si me quemara.

Me encontré sentada en medio de mi cama, con las manos cubriéndome media cara y los ojos lloviéndome sin piedad. Sentí la urgencia de desgarrarme la garganta en un berrinche sin fin, pero me contuve. No logré comprender mi patética situación hasta después de tratar, sin éxito, de calmarme por unos minutos.

Y entonces me pegó, fuerte, de la chingada:

Estoy sola.

Pausa. He estado sola antes. He estado sola por gusto. Amo estar sola. Me encanta llegar a mi casa y que no haya absolutamente nadie. No tener que hablar con nadie por horas, días... Me gusta no tener que dar explicaciones. Hacer lo que se me de la gana. Estar sola. Punto.

No fue eso lo que me pegó, si no otro tipo de soledad.

Todo el tiempo que estuve sola, siempre hubo alguien... a quien no tenía que darle explicaciones, ni avisar, ni pedir opinión de nada. Pero siempre había tenido la opción. De una u otra forma, existía la pequeña posibilidad de que, si me estaba llevando la chingada, fuera la hora que fuera, podía tronar los dedos sin sentirme incómoda.

Importante eso, el sentirse cómoda. Sé que al leer lo anterior, varios amigos míos querrán saltar ofendidos, ofreciéndose como voluntarios caritativos, pero no va por ahí. El problema no son mis amigos, soy yo y mi incapacidad de pedir ayuda, de pedir favores. Me incomoda a niveles poco racionales. Trato de no hacerlo, jamás, nunca, nunca.. a menos que no vea otra salida.

La razón es simple: odio sentirme en la situación vulnerable de que la pinchurrienta vez que yo diga "te necesito", exista en la lista de prioridades alguna otra cosa y me sienta ridícula y humillada por la negativa. O de que la razón de mi llamada "no sea para tanto". De sonar estúpida. De que las cosas que de verdad me quiebran sean reveladas sin más al público en general.

Ya está, ya lo dije. Esa es la fregada realidad.

Y ahora, justo eso es lo que no tengo. Un número al cual hablar en plan "911", que sea absoluto, que no me provoque incertidumbre. Incluso si jamás lo marco, o lo marco una vez al año, o cada media hora. No existe y eso me hizo sentir asquerosamente a la deriva.

Los números de rescate que hubieron, terminé por eliminarlos. No de mi vida, por lo menos no todos. Situaciones que se complican, relaciones que se desgastan, vidas que se alejan.  Todo se dificulta en el momento de exigir/ofrecer que sea recíproco para que mi confianza funcione. Y entonces resulta que ya no lo es y ya no funciona. O que el precio a pagar es demasiado alto. O que hay "reglas" que respetar. O que hay prioridades. O que ya no hay confianza, chingada madre. Y me quedo sola.

Y puedo sola, siempre he podido. Pero preferiría que no fuese así.

Ya se me secaron las lágrimas. La vida tiene sentido de nuevo y me estoy riendo de la estupidez que acabo de escribir.

Espero no necesitar un "911" pronto.

lunes, 1 de octubre de 2012

El amor de mi vida, ocho años después.



Parece que fue ayer, pero han pasado ocho años.

Estaba profundamente enamorada de alguien que yo pensaba, era el amor de mi vida. Pero a los quince años, ¿acaso no era el amor de mi vida? Nube fue la primera persona en el mundo de la que yo me enamoré, la primera en hacerme sentir que flotaba entre nubes rositas.

Era la segunda vez que nos veíamos desde aquel histórico 8 de Abril, en el cual empezó nuestra historia.

Estaba nerviosa. Muy nerviosa. Los recuerdos se me han ido borrando, sólo tengo en mente haber quedado con ella y con la amiga que teníamos en común en ir al cine. Otras amigas irían, recuerdo que fueron, pero no recuerdo quiénes eran. O cuántas. O cómo llegamos ahí.

Creo que el nombre "Nube" viene de ese recuerdo primigenio: iba vestida con  una blusa del azul que tiene el cielo cuando llueve de día y por alguna razón, el perfume que utilizaba en ese momento me ha recordado siempre al olor a lluvia.

Nos saludamos discretamente frente a las demás: nadie sabía. Parecíamos apacibles por fuera, pero por dentro teníamos el corazón como una locomotora. Entramos al cine y nos sentamos juntas, con todas esas amigas desconocidas a nuestro lado. Pero cuando se apagó la luz, todas desaparecieron.

Teníamos las manos apoyadas en el mismo descanso y estábamos sentadas tan juntas como podíamos, sin dejar de pasar desapercibidas. De vez en cuando, le rozaba la mano con la mía y nos reíamos en la obscuridad.

En la pantalla, un montón de hombres mitológicos y absurdamente sensuales luchaban con flechas y espadas, pero yo no tenía ojos más que para verla. A ella. Y cómo el pelo le caía sobre la cara. Y cómo se mordía el labio de nervios. Y cómo se golpeaba la pierna con los dedos de tantos, tantísimos nervios.

No recuerdo ni por qué, pero empecé a decirle algo tremendamente cursi en voz baja. Ella no me escuchaba y me hizo señas de que se lo dijera al oído. Me acerqué con la mano haciendo un cuenco frente a mi boca y en un arrebato de algo que nunca había sentido, en lugar de darle palabras, le di un beso chiquito junto a la oreja.

Se sacudió completita al lado de mi, pude sentirlo. Y volví a mi lugar como si nada hubiera pasado.

Era amor del bueno, de ese que huele rico y que te eriza la piel.

Dos horas completas de película no nos fueron suficientes para comernos a besos con los ojos, pero bastaron para dejarnos flotando con cara de idiotas.

A veces me pregunto si alguna vez en mi vida el amor va a fluirme por el cuerpo de la forma en que lo hacía hace ocho años.