También me gusta leer lo que piensan de lo que pienso. Comentarios, por favor!

sábado, 2 de mayo de 2015

Olor a libro nuevo.



No tengo idea de cómo comenzar esto, así como nunca he tenido idea de cómo comenzar nada en los últimos nueve años. Ni una sola vez. Siempre termino por escribir un párrafo a lo idiota, mientras la inspiración me llega. Este párrafo está por terminar y yo sigo sin saber.

Quisiera tener la frescura y el vale madrismo que tenía a los diecisiete. Soltaba kilómetros y kilómetros de palabras mal escritas a propósito, sin oficio, ni beneficio. Soltaba lo que se me venía a la cabeza y no me importaba en lo más mínimo a dónde iban a explotar esas palabras.

Explotaron en ustedes, supongo, les explotaban en la cara, en los ojos, en las manos. Les explotaban las palabras a carcajadas, a berrinches, a llantos de los buenos. Más de una vez recibí explosiones de palabras de regreso, cambiándome el rumbo, dándome fuerza, mandándome a la chingada.

Y está padre. Está padre saber que la vida tuya está documentada hasta cierto punto, que la locura que se te escapaba por los dedos irresponsablemente, terminó cambiándole el rumbo a alguien, haciéndole recordar lo bueno, cagándole el día con tragedias compartidas, repartiendo amor cuando hubo amor y chingaderas cuando habían por montón.

Sigo dando vueltas sin decir nada, pero la verdad es que ya no sé qué más decir.

¿Alguna vez se han encontrado una caja con cosas de cuando eran pubertos? O si son de los que salieron huyendo de su casa, ¿les ha tocado volver a entrar al cuarto de su infancia? Es como un pinche mausoleo en vida, ¿no? Lleno de juguetes, libros viejos, posters que dan vergüenza de dientes para afuera, pero que te recuerdan a la vida chida, cartitas, libretas llenas de pendejadas y basurita y media con valor sentimental.

¿Ya van agarrando la onda?

Ya no puedo seguir escribiendo en esta libreta vieja, tirada en medio de mi viejo cuarto, en pijama de corazoncitos, con braquets y Shakira sonando de fondo.

Goma Rosa y yo crecimos juntas, pero ya no somos la misma.

Hoy, hace nueve años, Goma Rosa estaba atreviéndose a escribir por primera vez. Lanzando al mundo sus primeras palabras pésimamente escritas, con k, z, h intermedias y una cantidad infinita de cosas que ahorita me dan vergüenza, pero que si no hubiera sido por ella, tal vez hoy seguiría sintiendo que valgo para pura madre.

Ella se la rifó por las dos, se convirtió en el alter ego que yo necesitaba para agarrar fuerza, para comerme al mundo y para creerme de una vez por todas que tenía derecho a ser como se me diera la chingada gana, de hacer lo que se me diera la chingada gana, de pensar como se me diera la chingada gana y no deberle explicaciones a nadie en el proceso.

Ella fue la chavita hija de puta de diecisiete años que se sentaba a llorar e inundaba el teclado, o se sentaba a reírse hasta que le diera hipo, o se sentaba a reflexionar acerca de pendejadas y se atrevía a lanzar lo que le pasaba por la cabeza al mundo entero.

Y los encontró a ustedes, asiduos lectores, que fueron apareciendo y desapareciendo, que fueron cambiando con los años, encontrándome de la nada, queriéndome incondicionalmente y dándome la oportunidad de sentir que, en verdad, no estaba sola en el mundo.

Que había alguien más allá afuera igual de loco, igual de llorón, igual de enamorado o igual de pendejo que yo. Que el corazón duele igual, que a todos nos parten la madre y nos levantamos, que todos nos enamoramos como quinceañeras y que nos cagan las mismas cosas.

A los que han estado desde siempre, desde hace poco o desde hace mucho, a los que han sido intermitentes, o esporádicos, o del diario. A los que lloraron conmigo, crecieron conmigo, se enamoraron conmigo y me dijeron que estaban al pie del cañón cuando me estaba llevando la chingada. A los que nada más venían a joder, a los que me compartieron parte de su vida, canciones rompemadres y libros, a los que les cambié el rumbo, a los que me cambiaron el rumbo, a los que se convirtieron en amigos entrañables, a los que me enseñaron, a los que me dieron fuerzas, a los que se convirtieron en amores bonitos, a los que me aplaudieron y estuvieron felices por mí.

A todos los quiero, a todos los voy a extrañar chingos.

Gracias, Goma Rosa, por los últimos nueve años. Fue un viaje que me cambió la vida y que me dio la oportunidad de cambiarle pedacitos de vida a unos cuantos.

A esta cajita ya no le caben más recuerdos y merezco disfrutar el olor de un libro nuevo.

miércoles, 11 de marzo de 2015

Esperando Despierta


Hay algo que se mueve entre nosotros, un deseo desesperado por atrapar momentos. Tenemos la posibilidad de sacar miles de fotografías, podemos grabar vidas enteras, podemos repetir una canción hasta romperla. Tenemos frascos de perfume que nos llevan a recordar algunas cosas. Leemos y nos acordamos de muchas otras. Existimos rodeados de vínculos entre el presente y el pasado, la trascendencia, la urgencia por tomar un recuerdo desfragmentado y volver a vivirlo.

En eso he estado pensando desde que te encontré acostada sobre mi cama esta tarde. Elevaste tus ojos hacia mi y brillaron otra vez. Los labios se te separaron de forma adorable en una línea curva, vibrante, brillante, como tus ojos. Te pregunté el por qué de la sonrisa y me derretí al escuchar "porque llegaste".

Se llega a tantos lugares y no nos damos cuenta, se llega a los semáforos, a las oficinas, a los restaurantes, a las tiendas. He llegado a tantos lugares, tantas veces a lo largo de mi vida, para encontrarme cualquier cosa, menos tu sonrisa. Y la forma en la que subía a tus ojos y que te recorría el cuerpo y que te movía el pelo como el viento, sin que lo hubiera.

El saltito que diste al incorporarte, tus largos brazos a mi alrededor, las palmas de tu mano quemándome a través de la ropa, el olor de tu cuello combinado con el del tabaco y toda la luz que se te resbalaba por la piel, iluminándome desde dentro. No cabe esa luz en una fotografía de tu hermoso color azul, ni cabe en trescientas horas de video de tus ojos mirándome, ni en mil minutos de tu voz diciendo mi nombre.

No queda otra que confiar en el recuerdo, en la capacidad celular de repetir una y otra vez con el estímulo falso de mi memoria la presión de tu piel, la textura de tu piel, el olor de tu piel. Y tu sonrisa, chingada madre, que me había quedado esperando despierta durante tantas vidas.

viernes, 23 de enero de 2015

Gritos.




Suelo pensar que a lo largo de mi vida no existe una sola decisión que quisiera cambiar, porque el camino me llevaría a un destino diferente y soy consciente de lo afortunada que soy de estar en donde estoy, con quien estoy, haciendo lo que hago.

Pero otras veces me gustaría no tener un pasado. No tener malas costumbres aprendidas, malos hábitos destructivos, pésimos mecanismos de supervivencia. Me gustaría no tener miedo a dejarme ver vulnerable, a bajar la defensiva, a no ser suficiente, a que me abandonen. 

Hoy me siento amada, completamente, de pies a cabeza y aun así, soy incapaz de dejar de desconfiar de las cosas más idiotas. Puedo pasarme días buscando una piedra gigante, cuando lo único que hice fue tropezar con mis propios pies. 

¿De qué se trata todo esto? ¿Cuánto tiempo más lo que sea que haya construido dentro de mi en el pasado, va a seguir explotando una y otra vez? ¿Por cuánto tiempo más voy a seguir buscando lo que está mal en mi?

Ayer estaba profundamente dormida, cuando sentí a Cielo acostándose justo al lado de mi, me despertó su cuerpo apretándose al mío, su voz diciéndome "te amo" y las estrellas completitas cupieron en mis ojos. 

Unas horas después, apenas el sol entró por la ventana, me desperté con ganas de correr del otro lado de la ciudad y ponerme a salvo. ¿A salvo de qué? A salvo de mi pasado, aparentemente, porque en el presente no había nada a qué tenerle miedo. Sin embargo, las ganas de correr ahí estaban. Y de llorar. Y de pelear, sobre todo, porque es lo único que se hacer cuando me siento amenazada.

Entonces se convierte en una guerra constante entre mis impulsos primigenios y la que intento que sea una mejor versión de mi. Y decido quedarme callada un segundo, no moverme, esperar a que la niña cobarde y conflictiva que me habita deje de gritarme. Pero parece no cansarse de gritar; siento la vibración de su voz en el pecho, en los brazos, en la garganta.

Finalmente, logro convencerla de que Cielo es la misma persona que ayer por la noche me metió bajo las sábanas cuando había frío. Y que con ella nunca siento frío. 

Y deja de gritarme poquito a poco.

jueves, 8 de enero de 2015

Ver el cielo por primera vez.


La primera vez que la vi, tenía una olla de pasta hirviendo a medio escurrir entre las manos. Escuché sus pasos atravesando mi casa y para cuando llegó a la cocina, la expectativa me estaba matando. Se apoyó en el marco de la puerta con las manos en las bolsas y me miró divertida mientras me ofrecía ayuda. Estuve a punto de soltar la olla y acabar con mi dignidad, pero logré convertir el desastre en una sonrisa idiota.

Ya la había visto antes, por supuesto. Tenía poco más de un mes que había aparecido en mi vida con una serenidad contagiosa y pláticas hasta el amanecer. Nos hicimos amigas desde el primer día y el pasar tiempo juntas se hizo un hábito creciente. Sin planes, sin silencios incómodos. Hablábamos como si no hubiera un mañana, pretendiendo no tener sueño, extendiendo los argumentos y los anécdotas hasta que el sol nos daba en la cara.

Ya la había visto antes, pero era la primera vez que la veía en realidad. Era la primera vez que notaba, por ejemplo, la soltura de sus movimientos, o sus piernas larguísimas, o el desorden en su cabello, o la mueca que hacía cuando se concentraba. Pero sobre todo, la forma en la que me veía ella a mí, la forma en la que me vibraba, tan completamente diferente. Quise tocarla. Pasar un sólo dedo por la piel de su cuello o apretarle el brazo o qué se yo, hacerla real. Me sentí eufórica y nerviosa, mala combinación. Empecé a cantar mientras aventaba con demasiado esmero los ingredientes de la salsa dentro de la olla e intentaba convencerme que lo que había sentido no era real.

Cuando salí con el plato gigante de pasta en las manos, la encontré en el sillón de mi sala con un cigarro en la mano ocupando, invadiendo, conquistando mi sofá. Ni siquiera sé cómo explicarlo. Era como si su cuerpo hubiera crecido y ocupara absolutamente todo el espacio a mi alrededor. Sonreí como idiota y después de repasar la frase en voz baja, llamé a mis otros dos comensales a la mesa sin tartamudear. Ella volvió a ofrecerme ayuda y se sentó justo frente a mi.

El primer bocado entrando a su boca fue como un pequeño triunfo, sonrió con los ojos y sin decir una palabra. Me sentí estúpidamente orgullosa de haber logrado un sabor que la deleitara y la hiciera sonreír. La cena completa estuve sonriendo, también, más alegre que de costumbre. Empujando continuamente a la parte de atrás de mi cabeza lo que fuera que estuviera sintiendo y adivinando que era imposible evitar cómo todo me regresaba de golpe en una sonrisa idiota cada que su mirada se encontraba con la mía.

miércoles, 31 de diciembre de 2014

La cuenta regresiva.

Este año escribí menos que ningún otro. Mucho menos. Cuatro entradas en doce meses es algo de lo que no me siento orgullosa, pero la verdad, escribir era hacer las cosas reales y muchas de esas cosas quedaban mejor como un secreto a voces en mi cabeza.

Existen temporadas en la vida en las que todo parece cambiar y el 2014 representó definitivamente una etapa de transición para mi. Después de permanecer en ese letargo pendejo durante más tiempo del que me hubiera gustado, finalmente pude tomar las decisiones correctas. Criticadas y no políticamente aceptables, pero correctas al fin.

Con el fin de echarme porras y echarles porras a todos allá afuera, a quienes esa cuenta regresiva de año nuevo les pone los ánimos por los suelos y las lágrimas por los cielos, haré mi cuenta regresiva de las palabras, las desiciones y las acciones que valieron la pena este año. Que me ubican en un punto diferente, que me hicieron feliz, que me rompieron la rutina y me sacaron del "soy la misma mierda de hace 365 días" que suele romperme la madre para estas fechas:

1. Fui a la boda de una de mis mejores amigas. Y no lloré. Y me divertí. Y me puse ebria y bailé toda la noche. Sé que puede parecer lo que cualquier persona normal haría, pero estaba siendo una verdadera tragedia para mi. Era un sutil recordatorio de que la edad casadera estaba tocando mi puerta, de que era la primera de quién sabe cuántas que me iban a caer como arroz y que yo, de verdad, ni tantito emocionada por que me "llegara la hora". Sin embargo, después de morderme la lengua y aguantar como las hembras (porque los machos, la neta, no aguantan nada), logré sobrevivir al vestido, al maquillaje, a los veinte mil pasadores deteniéndome el pelo y a la cruda del siguiente día.

2. Renuncié a un trabajo que me hacía infeliz, sumamente infeliz. Hacía crecer mi currículum, pero me mataba el alma cada día. Lo peor es que no me daba cuenta de lo mucho que me había cambiado, hasta que Sol me lo dijo un día que llegué mentando madres por enésima vez. "Piénsalo, ¿de verdad te hace feliz?". Y pues no me hacía, pero ya había adoptado el mal hábito de estar encabronada con la vida y sentirme miserable, llevándome preocupaciones a mi casa y desquitándome con todos a mi alrededor. ¡Qué rápido se acostumbra uno a la mierda!

El día que renuncié, hubiera querido poder grabar la cara de mi jefe. Después de bajarme el autoestima con sus constantes "dudas" acerca de mi capacidad creativa y de no subirme el sueldo y de ponerme en chingo mil periodos de prueba, el que no pasó la prueba fue él. Y no, no tenía back up plan, pero dicen que en la vida hay que escombrar lo malo para que haya lugar para lo bueno. Tan pronto como decidí que iba a renunciar, me brilló una luz en el camino. Para cuando lo hice, ya tenía un mejor trabajo. Aur revoir, hijo de puta.

3. Me hice un tatuaje, pero más importante aun, le dije a mis papás antes de hacérmelo. Big, big deal. Durante toda mi infancia y adolescencia se me repitió hasta el cansancio que los tatuajes y las perforaciones eran para maleantes, convictos y drogadictos. Y yo que siempre me volví loca por las dos cosas, vi sumamente irreal la posibilidad de hacerme un tatuaje en un lugar en donde me diera el sol. Cuando le dije a mi mamá, por poco me arranco las uñas de los nervios. Durante meses desvió la mirada para "no ver" los veinte centímetros de deshonra y hasta la fecha no se habla del tema. Pero es mi piel, es mi cuerpo y es mi pinche gusto.

4. Viajé sola y viaje gay. A ver, había viajado sola antes, desde los 15 años. Camiones, vuelos nacionales, vuelos internacionales, manejando y como pude. La cosa es que esta vez fue diferente. Me fui a conocer a gente increíble, todos con proyectos increíbles, todos trabajando a favor de los derechos de la comunidad LGBTI. A mi madre le dio un ataque, incluso con la versión censurada de que fuera un "congreso por los derechos sexuales de las mujeres". Mujeres lesbianas y trans, pues, es lo que no mencioné. Durante una semana estuve rodeada por personas de mente amplia y corazón más amplio. Volver a la "vida real", llena de discriminación y roles de género caducos fue más fuerte de lo que pensaba.

5. Fui a "la marcha" del D.F. Y no sólo eso, iba hasta adelante, ondeando una bandera gay gigante y sonriendo como pendeja. A los 17 asistí la primera vez a una marcha gay aquí en Mérida y salí en el periódico. Me dio pánico que alguien lo viera, pero no dejé de ir a las siguientes. Volví a salir en el periódico algunas veces, incluso en la marcha de este año. Es difícil no protagonizar cuando somos tan pocos en las calles. La marcha del D.F. fue una experiencia diferente. Mares de personas caminando por nuestros derechos, por la visibilidad, por todo. Casi empezando, me encontré con un grupo de madres que iban marchando justo detrás y platiqué con una de ellas brevemente. Terminé llorando cuando me preguntó por mi mamá y le dije que ella no marcharía jamás. Me respondió con puro amor de madre y un abrazo, se convirtió en una tía consentidora por un minuto y caminé más fuerte que nunca.

6. Me puse vergonzosamente ebria. Fui la borracha del bar que le coqueteaba a la mesera guapa y que se reía de absolutamente todo. La gran noche está documentada en fotos y video, incluso mi diálogo más tarde, con el taxista, en el cual lo invitaba a quedarse al after en mi casa. No había after, no había alcohol, sólo el coctel horripilante que decidí pedir "para llevar" en un vaso de plástico de un litro, como agua fresca. No sé hace cuantos años no me ponía así de borracha, pero sí sé por qué no lo había hecho de nuevo. La cruda era digna de internarme en un hospital, no pude levantarme de la cama hasta después de medio día, después de vomitar mi bote de basura y tomarme una botella de suero.

7. Confesé. Un montón de cosas que traía yo entre el pecho y la espalda, finalmente salieron a la luz. Por lo menos a un espacio pequeñito y privado, pero lleno de luz. Malos amores y cosas sin solucionar, traumas, pendejadas, recuerdos fallidos y sospechas infundamentadas que luego se fundamentaron. Una vez que salieron a la luz, fue fácil atar cabos y entender, entenderme, dejar de presionarme y de atosigarme por cosas que no dependen de mi, al final. A veces pensamos que el compartir nuestras debilidades nos hace débiles, pero en realidad no hay debilidad más fuerte que la que asumes y te termina edificando.

8. Me puse medias de red. Los veinticinco millones de razones que había acumulado a lo largo de veinticinco años me habían hecho pensar que no podía utilizarlas, a menos que fuera en un disfraz. El primer día del año me amaneció en unas medias de red negras, de esas que tienen la línea putona a lo largo de la pierna. Y un vestido que nadie me obligó a usar. Y la boca roja. Porque sí, chingadamadre, porque me lo merezco. No odio mi cuerpo, ni me da vergüenza, ni tengo la necesidad de cambiarlo para entrar en ningún pinche estándar de belleza o expectativa familiar.

9. Pedí ayuda. A lo largo de mi vida, había escuchado infinidad de veces que el tratar de hacer todo "yo solita" era un mal hábito. Lo escuché, una, mil veces, jamás hice caso. Era, hasta cierto punto, una medida de supervivencia. El no esperar "nada" de nadie, el no necesitar, el salir del bache sin ayuda, el no ser una molestia. Eso me ponía en un lugar que yo consideraba privilegiado, pero me hacía sentir sumamente sola y, muchas veces, me ahogaba en estrés y frustración. Hace poco alguien logró convencerme de que me merecía esa ayuda, que no me hacía menos fuerte, ni menos capaz, que al final las personas pueden no darte exactamente lo que necesitas, pero nada pierdes con estirar la mano y recibir lo que te toca.

10. Me enamoré. No la vi del otro lado de la calle y supe que me iba a casar con ella, ni nos besamos esa misma noche, ni nos coqueteamos sutilmente desde el minuto uno. La realidad es que tanto ella, como yo, estábamos de mierda hasta el cuello cuando nos conocimos y nos hicimos amigas, nos ayudamos a olvidar y a dejar ir, y cuando finalmente fuimos libres, pudimos vernos con otros ojos. Estábamos tan ciegas las dos que cuando abrimos los ojos, ya nos amábamos hasta los huesos.

Empecé, como siempre, tropezándome con las piedras que yo solita me ponía en el camino, cagándome en todo lo cagable por terminar enamorada de una amiga y el riesgo mortal de perder esa amistad por sentirlo. Bastó un amanecer frente a las olas del mar para que todo estuviera dicho. No hubo un beso, como en las películas. Nadie aplaudió. Estar sentadas una junto a la otra viendo en la misma dirección fue suficiente. Eso y sentir su mano en mi espalda. Hoy no me puedo imaginar algo mejor que el olor de su cuello y la maravillosa combinación de la luz sobre su piel justo antes que despierte. Y no tengo problema en reclamarlo como mío porque, al final, sé que me lo merezco.

¡Feliz 2015, asiduos lectores!

Y feliz 2015, mi amor.




lunes, 8 de diciembre de 2014

Visibilidad

Durante mucho tiempo me dio ansiedad ir tomada de la mano de alguien. Mucho, mucho tiempo. El terror de que me vieran y mi mamá se fuera a enterar era suficiente para no querer exponerme a la vista de nadie. No es como que me fuera escondiendo por la vida, pero ciertamente le ponía un poquito de cuidado a cuándo y en dónde.

Hace relativamente comencé a recordar acerca de mi adolescencia. De lo pinche que fue, de lo sola que me sentía. Incluso escribí un post al respecto. No tuve una sola referencia positiva acerca de la homosexualidad mientras crecía, una sola. A mi alrededor, ser gay era ser mal visto, era que te tuvieran lástima, era ser una loca poco respetada. ¿Mujeres gays? Ni una. Hasta que no tuve como 14 años, jamás conocí de primera mano a ninguna mujer que fuera gay, mucho menos que lo dijera abiertamente.

Y eso me jodió, y me jodió mucho. Una niña de 12 años puede tolerar hasta cierto punto de soledad antes de cerrarse en sí misma, que fue lo que me pasó. No tenía forma de dar un paso adelante sin sentirme insegura, incomprendida, sola y sumamente extraña. La idea del exilio siempre estuvo en mi cabeza. Tenía dos opciones: o reprimía lo que sentía el resto de mi vida y mantenía las cosas en paz con mi familia, o me iba a hacer mi vida a otro lado, lejos, en donde nadie pudiera juzgarme, en donde nadie pudiera decepcionarse de mi.

No había forma de saber que habían más como yo, que habían más mujeres como yo, que no eran motivo de burla, que no eran motivo de lástima, que no eran mal vistas, que en realidad eran mujeres exitosas y felices y rodeadas de familia y amigos.

Y entonces traté de imaginar cuántas niñas como yo siguen existiendo en el mundo, en México, en mi ciudad, en mi pueblo. Cuántas niñas se sienten solas, incomprendidas, jodidas, destinadas a ser infelices para no ser abandonadas. Cuántas están creciendo en un hogar religioso en el cual les enseñan que lo que son y lo que sienten es un pecado, que se van a ir al infierno, que se las va a llevar la chingada, que no tienen derecho a ser felices, que no tienen derecho a sentirse plenas. Cuántas están mentalmente resignándose a casarse con el primer pendejo que se les ponga enfrente para quitarse los ojos de encima, para que nadie sospeche, para tener contenta a la familia.

Decidí dar un paso adelante por todas ellas, pero también por mi misma. Me gusta pensar que cada vez que mi novia y yo caminamos de la mano, estoy haciendo algo sumamente importante: ser visible. Definitivamente mi vida hubiese sido más fácil de haber visto a una mujer de la mano de otra mientras crecía.


miércoles, 19 de noviembre de 2014

Se llama Cielo.

Lo único que necesitan saber es que se llama Cielo.

Y que cuando cierro los ojos, puedo verla convertirse en una galaxia color azul frente a mi. 

Y que cuando se pone las manos dentro de las bolsas y me mira fijamente, me descontrola.

Y que nunca, nunca se ve tan hermosa, como cuando le brilla el sol de la mañana sobre la cara.

Y que sabe exactamente qué contienen cada una de las maletas que llevo a cuestas.

Y que a veces me convence de dejar esas maletas en casa y salir a caminar sin ellas.

Y que me hizo tener ganas nuevamente de compartir el viaje.

Y que a veces, mientras habla, no puedo dejar de ver el movimiento de su boca.

Y que no puede quitarme las manos de encima.

Y que cuando me abraza, siento que nada me toca.

Y que cuando la abrazo, puedo reconocer la parte de atrás de su cuello de hace muchos años.

Y que tiene pecas en los hombros.

Y que compartimos el gusto por los sabores, los olores, las texturas y las letras.

Y que el amor nos llegó en forma de carcajadas y amaneceres.

Y que cada que miro hacia arriba, encuentro sus ojos viéndome.

Y que es mi llamada de emergencia a las tres de la mañana.

Y que es mi "me muero de miedo y quiero salir corriendo, no me dejes ir".

Y que es mi "por favor, por favor, no me hables de bodas".

Y que es mi "jamás en la vida me tatuaría algo contigo".

Y que es mi "es media noche y necesito pizza en mi sistema".

Y que es mi "perdón por el berrinche, me va a bajar".

Y que es mi "ojalá pudiera amanecer contigo todos los días".

Y que es mi "me tienes pensando en cochinadas a media junta".

Y que con ella nunca tengo frío.

Jamás tengo frío.

miércoles, 26 de marzo de 2014

Cajitas de cerillos y otras pendejadas.


A veces pienso que ya se me terminaron las historias.

A veces pienso que, en realidad, lo que estoy esperando es que aparezca una historia nueva, de la nada. Y me da miedo que sea maravillosa, de esas a las que le puedes anteponer el "no me lo vas a creer", porque esas, al final del cuento, terminan igual de increíble como comenzaron. Así han terminado.

A veces pienso que lo que necesito es conocer a una persona no-extraordinaria, conocer a una persona normal, tener una relación normal, sin chispas, ni coincidencias extrañas, ni clicks desde el primer momento, ni el sentimiento ese, tan insoportablemente delicioso, de conocerse de otra vida.

¿Cuántas historias puede contar alguien a lo largo del camino? ¿A cuántas historias tiene derecho? ¿Nos las quemamos como si fueran una cajita de cerillos?

A veces pienso que me acabe la cajita de cerillos. Que incendié demasiado rápido los que ardieron en grande y los que pensé que no daban para más, los tiré al carajo. Y tal vez entre esos estaba el que iba a permanecer encendido, en lugar de arder en grande y apagarse con la misma.

¿Soy una pendeja, no? Comparando el amor, la gente y las posibilidades con una caja de cerillos. Idea fusilada, ahora que lo recuerdo. Gracias, Laura Esquivel, ahora, además de pendeja, soy una copiona de mala muerte.

Pero volviendo al tema, a veces pienso que soy una pendeja.

Y a veces no, pero me da miedo. Me da miedo que tenga nubes a punto de lloverme, estambres enredados entre las manos y andar con el cuerpo aquí, pero la cabeza siempre en otro lado. Siempre en otro lado. Me da miedo sí ser una pendeja y encontrar a ese alguien no-extraordinario y tener una relación normal, sin chispas, ni coincidencias extrañas, ni clicks desde el primer momento y que, al final, ese insoportablemente delicioso sentimiento de conocerse de otra vida me siga haciendo falta.

¿Cómo saber cuando es tu último cerillo? ¿Cómo chingados?

A veces, de verdad, pienso que ya se me fue el tren. Que vi pasar los vagones uno por uno y nomás nunca me atreví a saltar. Y luego me acuerdo de cuando sí lo hice y tardé más en reponerme del tropiezo, que en tener que saltar de nuevo hacia afuera. Y ya no me culpo tanto, ya no me siento tan mal.

¿Hay alguien ahí? ¿Alguien que me soporte a pesar de que estoy loca? ¿Y de que soy una pendeja? ¿Y de que le robo las ideas a Laura Esquivel? ¿Y de que quiero todo, todo, todo?

¿En dónde está? ¿A cuántas horas, a cuántos días, a cuántas cuadras, a cuántos años luz?

¿Que estará haciendo en este momento? ¿Estará pensando en conocer a una loca trasnochadora que piensa que es una pendeja? ¿Estará tomando café en un pote de peltre? ¿Estará babeando una almohada con funda azul clarito?

¿Qué chingados hace que no está viniendo por mi en un corcel blanco?




domingo, 23 de febrero de 2014

Daddy Issues


Tengo 25 años y jamás he besado a un hombre. Jamás, jamás, jamás.

No es gran cosa, al principio me dieron ganas de "ver qué pedo" por pura curiosidad, por quitarme la espinita, pero las cosas se me están saliendo de control. O no, no tengo idea. No es mi intención ceñirme a "soy lesbianísima" cuando nunca lo he sido. Siempre he tenido claro que me gustan los hombres, a pesar de no haber conocido hasta la fecha a uno con quien me gustaría ser no-brother. O por lo menos uno con quien el no-brotherismo sea posible.

Supongo que parte del big deal es, honestamente, que no sé qué hacer con la parte activa de mi bisexualidad, o pansexualidad u omnisexualidad, como quieran decirle. No sé qué hacer con ella, no sé dónde ponerla para que el mundo la vea y se de cuenta que existe, para que las mujeres dejen de esperar a que sea una lesbiana hecha y derecha que no guste de los hombres y para que los hombres dejen de esperar que sea un brother hecho y derecho con el que puedan hablar de tetas, pero no agarrármelas.

Y no es nada, de verdad, no es como que en este momento pueda dar nombre y apellido del príncipe azul que quiero que me manosee las tetas y me lleve al paraíso en su corcel blanco... pero me gustaría saber qué putas hacer con la posibilidad.

Últimamente tengo los daddy issues hasta arriba. No sé si las chingomil de responsabilidades que traigo colgadas me los disparó, o que todas mis amigas se están casando, o que las hormonas se alinearon con la luna, pero la realidad, la cruel, cruel realidad es que tengo unas ganas tremendas de encontrar a un cabrón de preferencia mayor que yo, que me vuelva loca, que me lleve al cine, que salga con sus amigotes, que vaya por mi al trabajo, que se  encabrone porque no estoy lista a la hora que dije y cualquier cantidad de clichés pendejos que puedan caberme en la cabeza.

Quiero un cabrón que, no precisamente se "haga cargo" de mi, pero sí que no me tenga que soplar el peso de la relación solita, y en lugar de eso, me vea como a la fucking vulnerable, la damisela en apuros, una pinche vieja con pedos mentales que no necesita un encarguito emocional más colgado encima, que jale parejo, me urge sentir el "I got your back" y el "you got me mad", ¿nos vamos entendiendo?

No es que esté cerrada a encontrar a una mujer que me vuelva loca y con quien pueda tener una relación poca madre y jalar parejo, pero culpo mucho a las últimas 658 relaciones amorosas en plan madre-hija en las que he participado activamente como la madre. Las he amado mucho, pero ya no quiero que tener una relación signifique tener una lista de responsabilidades y obligaciones de señora de la casa.

En fin, nada contundente... sólo quería externarles mi caos mental por mis súbitos deseos de ser una niña bien, con anillo al dedo, rosales en el jardín, un perro peludo y aretes de perlas. No va a suceder, por supuesto, pero es algo que no me deja de dar vueltas en la cabeza.

Ya de la parte sexual, ni hablamos.

domingo, 29 de diciembre de 2013

Free-Pass

La sonrisa no se me borra hasta que me tengo que lavar los dientes y me quedo viendo al espejo, irreconocible. ¿Quién es la pendeja que me está viendo y espera besos en la puerta de su cuarto?

¿Qué carajos acaba de suceder?

Mi celular vibra, es un mensaje de Enrique.




Me muerdo la lengua para no dar grititos de júbilo y me agarro fuerte de la loseta. De momento siento que acabo de hacer cuarenta y cinco abdominales. Pum, pum, pum, pum, ¿qué carajos acaba de suceder? Corro de puntitas por la alfombra hasta el sofá al final del cuarto, frente a la televisión. Estaba prendida cuando llegué en un canal "para la mujer moderna" y no hay forma de que encuentre el control remoto. Creo firmemente que es una tortura planeada por mi abuela.

Veo de nuevo el mensaje de Enrique y me dan ganas de no contestar, de verdad que sí, de hacerme la dormida. "La Bella Durmiente". Qué pendejo pensamiento, me iba a quedar durmiendo quién sabe cuántos siglos, porque el pendejo de Enrique no me iba a besar jamás en la vida.

- ¿Ya duermes?
- No, estoy viendo una un programa de mierda, están haciendo pasteles. Me muero de hambre, estoy comiendo los cacahuates que me dieron en el avión.
- ¿Tienes hambre? ¿Por qué no no cenamos?
- Porque ya estoy en pijama.
- Pedimos servicio a cuarto. Si quieres venir, toca la puerta, no tengo problema.

Pum, pum, pum, pum. Considero la posibilidad de salir del cuarto sin que mi abuela se de cuenta. Lo último que quiero es que, además, piense que soy una puta. Ya suficiente tengo con ser la única nieta "lejos del señor". Imposible, carajo, imposible... 

- Tentador, pero mi abuela me obliga a casarme si una señorita como yo se escapa con un hombre a la mitad de la noche.
- Siempre es una opción.
- Era una opción, hasta que puse un pie dentro de ésta mazmorra.
- Tú eras la que se tenía que ir.
- Yo tenía frío y tu bostezabas.

Me repetí lo imbécil que fui durante 15 minutos más, mientras hablaba con él y luego, como buena pendeja, me quedé dormida. Al despertar tenía tres mensajes sin leer, uno de ellos, de hacía veinte minutos. Mi abuela estaba dando vueltas por todo el cuarto porque una tía mía, de las tantas que no conozco, iba a pasar por ella para ir a desayunar. Rechacé la convivencia familiar, muy a su pesar, y me quedé en la habitación. Antes de irse, me repitió como siete veces que en una hora tenía que hacer check-out.

- ¿Te dormiste?
  Creo que sí, pues buenas noches, México.
  ¿Sigues en el hotel? Acabo de despertar.

- Estoy aquí, ¿ya te vas a la playa? 
- Ya casi, me paso a despedir, ¿se puede?
- Dame 15.

Estúpida, estúpida, estúpida, ¿15 minutos? Al salir de bañarme, tenía otro mensaje. En media hora salía el transporte a la playa. Honestamente, no estaba pensando. No estaba pensando en absolutamente nada. El gran problema fue que no pensé en qué carajos estaba haciendo. ¿Brincando de gustito por un tínayer con novia?

En lo único que podía pensar, por debajo del agua, es en que era un cheque en blanco. Un free-pass. Enrique era alguien que me gustaba, a quien yo le gustaba y a quien no iba a volver a ver en mi vida. No estaba construyendo castillos en el cielo, no estamos hablando aquí de una historia de amor, ni de amor a primera vista, no estamos hablando aquí de algo en plan "Before Sunshine". Enrique era un free-pass para quitarme la espinita de los besos heterosexuales. Enrique era "mi desliz" de una noche. Una buena historia que contar.

Me estaba terminando de vestir cuando tocó mi puerta. Le abrí con una toalla en la cabeza, descalza y sin maquillar. Dos días seguidos siendo tan apetecible como una rebanada de jamón vieja. Y luego, todavía tengo el valor de preguntarme a veces el por qué de mi nula vida sexual.

Apenas abrí la puerta, me puso una sonrisa colgate. A la luz del sol, Enrique se veía más chavito y me saqué de onda. Mucho. Entrando, entrando, Enriquito me abrazó y me dio los buenos días con look playero, lentes de sol y toalla en mano. Le señalé el sillón y me disculpé por "estar tan guapa". 

- Pues sí que estás guapa, con todo y turbante.
- Déjame, tenía los minutos contados.
- No es sarcasmo, México, es un cumplido.

No le contesté. Me siguió con la mirada quietecito, callado, mientras me secaba el pelo y me ponía los tennis. Luego, me ayudó a recoger mis cosas y meterlas a la maleta; mientras lo hacía, pasaba cerquita de mi y me pellizcaba los brazos. Estaba a punto de recogerme el pelo, cuando escucho el "déjatelo libre" detrás de mi. Lo miro por el espejo del tocador, está sentado en la cama. Con esa gracia que a veces me invade, dejo caer las manos y lo quedo viendo a través del espejo. El me ve y me sonríe...siento cómo me sudan las manos y, aunque me patee las pelotas, puedo ver cada uno de los años que no tiene en su cara de idiota. Le sonrío de regreso, un poco frustrada. 

Veo mi reloj. Enrique está a diez minutos de perder el transporte a la playa y yo, de pagar un día más de hotel. El, aparentemente, pensó lo mismo. Se paró de la cama como flash y agarró una de las maletas del suelo.

- Deja eso ahí, ratero. ¿A dónde llevas mi maleta?
- Vamos, te ayudo a bajarlas.
- No, voy a llamar a alguien de servicio, Enrique.
- Llevo las dos y tu llevas mi toalla.
- Yo puedo con las dos, ya vete, te van a dejar.

Si, soy de esas pendejas. Si, lo estaba corriendo. Si, si no se largaba, lo iba a sacar a patadas. Estaba yo entre jodida del ego y frustrada. El pendejo de Enriquito llevaba 20 minutos en mi cuarto echándome piropos, viéndome con cara de idiota y no me había besado el hijo de puta. Yo sentí morir la oportunidad y me resigné. El cabroncito era fiel, no podía recriminárselo. Lo que si podía recriminarle es ser un calienta huevos de mierda.

- Vale, pues nos vemos. Qué bueno fue conocerte.

Puse una sonrisota de Miss Universo y comencé a ondear el brazo en despedida. Corto, corto, largo, corto, corto, largo. Enrique dio tres pasos al frente y me abrazó, como si fuéramos grandes amigos. Me mantuvo ahí más del tiempo políticamente correcto y luego, sin soltarme, me repitió que había sido bueno conocerme. Le sonrío de nuevo mientras me mira sin parpadear. Justo antes de terminar de agarrar valor para besuquearlo yo, me suelta y camina hacia la puerta. Me sonríe antes de cerrarla. Hijo de puta.

Llamo a recepción, pido que me envíen un botones. ¿Así se le llama? Botones. Me siento en la cama y me quedo en blanco, y luego me pregunto si, de verdad, mi vibra lésbica es tanta que ahuyento a los hombres. Soy una pendeja, ¿no? Me duele el ego, me duele el ego. Tocan la puerta y, cuando veo por la mirilla, en lugar del botones está Enrique.

Consideré no abrir, consideré tirarme por la ventana, consideré esconderme debajo de la cama. No había duda, Enrique había regresado para una sola cosa.

Besos heterosexuales.

Besos heterosexuales.

Besos heterosexuales.

- ¿Qué haces aquí?
- Vine a despedirme de nuevo.

Literal, eso me dijo. LITERAL. ¿Qué puedes pensar después de que te dicen eso? A mi lo único que se me vino a la cabeza fue un besazo, de película, con pelo agarrado y todo. O uno de película PG-13, en plan puberto, con suspiritos y sonrisitas. Como pinches fuera, pero un beso bien dado.

Enrique se me queda viendo de nuevo, me abraza y yo dejo los brazos abajo. Me da una palmada en la espalda, como queja, y yo lo medio abrazo de regreso. Mis manos en su cintura. Pum, pum, pum, pum. Siento que todos los músculos de mi cuerpo se ponen tensos. Se aleja de mi, me sonríe y me da un besito, besititito cerca de la oreja.

Yo lo quedo viendo con los ojos como platos y los brazos pegados a los costados. Ni siquiera parpadeo. En mi cabeza, hay dos líneas de pensamiento. Una que dice "vete, vete, vete, vete ya" y otra, un poquitín diferente, que grita "como te largues de nuevo sin besarme, te va a cargar tu puta madre". Trago saliva, tratando de controlar las ganas de gritarle que haga algo y, por supuesto, Enrique me aprieta los brazos, se da la vuelta y se va con una sonrisota en la boca, mientras camina por el pasillo.

Me quedo como diez segundos inmóvil hasta que desaparece en la esquina y le digo adiós con la mano. En el momento en el que deja de estar a cuadro, mi mano deja de agitarse y le saco el dedo de en medio con las manos temblorosas. Cierro la puerta. No, azoto la puerta. Me cago en todo lo cagable. Me tiro en la cama y, no es broma, pataleo. Me quedo ahí unos minutos, hasta que la puerta suena de nuevo.

- ¿QUIÉN?

Es el botones, esta vez. Saco mis maletas y las guardo en un locker. Mi abuela no me contesta, pero supongo que faltan como dos horas para que llegue. Camino al restaurant y, lo más amable que puedo, pido un repinche cereal con leche, porque es lo único que puedo pagarme. Mientras desayuno, me llega un mensaje. Es de Enrique.

-Estoy en la playa, está preciosa. Ojalá estuvieras aquí.
-Chinga tu madre, Enrique.

martes, 12 de noviembre de 2013

El beso y su ausencia.



Conocí a Enrique en Diciembre del año pasado.

Me encontró tirada en un camastro en la alberca de un hotel, muy, pero muy cercana a cruzar el límite de tolerancia hacia mi familia. Le colgué el teléfono por tercera vez a mi abuela, con quien compartía el cuarto, diciéndole que no iba a subir pronto, que quería estar sola y no tenía sueño.

Eran casi las diez de la noche y la alberca estaba desierta. El frío había hecho que, uno a uno, todos los huéspedes del hotel se fueran metiendo al restaurant. Llegó poco después de que se fuera la última persona y se sentó tres o cuatro camastros después del mío. Jeans, camiseta negra, sudadera, converses y gorra. No alcanzaba a distinguir si era hombre o mujer por la poquísima luz que se filtraba debajo de su gorra y porque su cara era de lo más ambigua. Y su ropa también. Y traía tantita melena. Y, la verdad, tampoco alcanzaba a distinguir curvas.

¿Qué pedo?

Me picó la curiosidad, pero no estaba yo como para acercarme a socializar. Me estaba tragando unas Pringles y un Té Arizona como cena, era para lo único que me alcanzaba. Había dejado mis cosas en el cuarto y entrar a buscarlas, significaba jamás volver a salir. Traía puestas unas botas de nieve, unos leggins gruesos y un suéter gigante. Debajo, solamente una blusa delgada. No había punto medio: o era un tamal de tela o me cagaba de frío.

Mi realidad poco favorecedora mató al gato antes de que la curiosidad lo matara, así que me acomodé boca arriba a hacer absolutamente nada más que comer Pringles con la delicadeza de un jabalí.

Quien fuera que estuviera sentado a cuatro camastros de mi, tenía buen gusto musical, pero poca educación. Incluso con los audífonos puestos escuchaba su música. Opté por quitármelos y joderme con su playlist. Me asomaba discretamente y por más que trataba de enfocar, no detectaba algo que resolviera si era Victor o Victoria. Si era Victoria, con esa pinta, definitivamente era de las Victorias que bateaban de mi lado.

Me cachó mirándolo y no me quedó de otra que sonreír educadamente y levantar la mano como idiota.

Y el idiota se volteó sin contestarme. Me ignoró. Hijo de la gran puta. ¿No me vio o me ignoró? HIJO DE PUTA.

Bajé la mano como un resorte y aparté la vista.

Me desparramé en el camastro y me volví a poner los audífonos. No habían pasado ni quince minutos, cuando pegué un grito al darme cuenta que había alguien sentado a diez centímetros de mi. Me arranqué los audífonos y me hice para atrás mientras el hijo de puta que me había ignorado el saludo, me decía "Hey, I'm Enrique, wanna talk?" con un acentito pedorro que no logré distinguir a la primera.

Le dije que sí, medio mamonamente y nos dimos cuenta que los dos hablábamos español. Intercambié los clásicos comentarios acerca del clima en plan "hace.frio.no.si.bastante.ayer.habia.menos.ah.ok" y luego no supe qué más decir.

Él, sin embargo, sí sabía.

- ¿Eres mexicana, no?
- Si.
- Yo soy de Venezuela. De Maracay. Llevo tres días acá y no te había visto.
- Llegué hace un rato.
- ¿De dónde, que traes toda esa ropa de invierno? - no esperó a que contestara - Si hace frío, pero no tanto. ¿Vas a estar aquí todo el fin de semana?
- No, me voy mañana al medio día.
- ¿Tan pronto? ¿A dónde te vas? - no esperó a que contestara - Deberías quedarte. Mañana iré a la playa.
- Ya tengo mi boleto y no vengo sola, pero para la chinga que me espera llegando a mi casa, preferiría quedarme, créeme.
- ¿Qué chinga?
- Familia de visita.

El sujeto se aventó una palabra extraña por cada diez que decía. No sabía yo que los venezolanos hablaban así, de verdad que no. La mitad de las veces, sin importar lo que me preguntara, no tenía tiempo para responder... pero funcionó de alguna forma, porque platicamos como dos horas y me reí como loca.

Después de cagarnos en nuestros respectivos presidentes, en la religión y en el mundo, le conté que era bisexual y que solo había tenido relaciones con mujeres. Él me contó que tenía novia y yo me aguanté las ganas de decirle "qué lastima, pana". Le conté que recién me había graduado y el me contó que acababa de entrar a la universidad. Tenía 19 años, el venezolano. Guardé las garras.

Como a la una de la mañana, la temperatura bajó demasiado y decidimos entrar. Él no paraba de bostezar, pero no paraba de hablar, tampoco. Le dije que era mejor que nos fuéramos a dormir, que los dos teníamos que despertar temprano y me dijo que si, un poco de mala gana.

Saqué mi tarjeta para ver el número de cuarto y resultó que, no solo estábamos en el mismo piso, si no que yo era el 419 y él, el 412. Divertidísimos y ahogando la risa al pasar por la recepción desierta, nos metimos al elevador y presioné el botón con el número 4.

Antes que se cerrara la puerta, entraron cuatro gringos cuarentones con sus señoras esposas oliendo a tequila. Nos pegamos hacia uno de los lados y seguimos hablando en voz bajita. Los gringos salieron en segundo piso y nos dejaron a los dos pegados, hablando en voz bajita. Me quedé callada y le sostuve la mirada, pero por dentro estaba como venado lampareado.

Él se estiró y volvió a presionar el botón del cuarto piso y no hablamos hasta que la puerta se abrió.

Me iba a despedir al salir del elevador, pero me dijo que me acompañaba a la puerta de mi cuarto, al final del pasillo. Mientras caminábamos, intercambiamos números telefónicos y demás cortesías. Cuando llegamos a la puerta, Enrique traía las pupilas como si se hubiera metido una línea de coca... hasta la fecha no sé si ésto es cierto, o me lo estaba imaginando.

Nos despedimos y me abrazó. A mi los músculos de la espalda y de los brazos se me quedaron quietos y no supe qué carajo hacer. Jamás en la vida, nunca, nunca había tenido encuentros del cuarto tipo con un tipo. Enrique me iba a besar. Me iba a besar. Me iba a besar.

Me apretó mientras me decía que qué bueno que nos hubiéramos conocido y se alejó sin soltarme los brazos. Me dio un beso en cada cachete y se hizo unos pasos hacia atrás con un gesto visiblemente incómodo.

Yo puse mi mejor sonrisa para no develar el madrazo al ego que había dado. Traía yo las ideas revueltas y poco claras.

Pues, la sonrisota... antes muerta, que sencilla. "A ver si nos alcanzamos a ver mañana, Enrique" y saqué la tarjeta de la bolsa de mi suéter y me giré para abrir.

- Aquí iba un beso, ¿verdad?

Me giro de nuevo y está con los brazos cruzados dos pasos más adelante.. Lo veo y no le digo nada. Suspira pesadamente y yo no digo nada, pero tampoco él. Hijo de puta. Vuelvo a poner mi sonrisa Colgate.

- No va nada, Enrique. Ni tu ni yo estamos para eso.
- ¿Y si no tuviera novia? - no espera a que conteste - Si no tuviera novia, aquí iba un beso.

Me estiro hacia donde está y le aprieto el brazo con la sonrisota, mientras le digo que es un pendejo. Abro la puerta lo más silenciosa que puedo y agito la mano despidiéndome.

La sonrisa no se me borra hasta que me tengo que lavar los dientes y me quedo viendo al espejo, irreconocible. ¿Quién es la pendeja que me está viendo y espera besos en la puerta de su cuarto?

¿Qué carajos acaba de suceder?

Mi celular vibra, es un mensaje de Enrique.

lunes, 4 de noviembre de 2013

Qué horrible sueño.


El sueño comienza conmigo acostada, viendo al techo, en un consultorio ginecológico.

Mi mamá está sentada al lado de mi, con cara de que no le hace gracia nada. Me pongo las manos sobre la cara y escucho a lo lejos cómo el doctor menciona algo de tener tres meses de embarazo. Tres. Tres. Tres.

Acto seguido, me encuentro en una especie de "universidad del terror", tomando una clase acerca de chingaderas relacionadas con aprender a pujar y a respirar y a cosas que me hacían sentir mareada. Físicamente mareada. La clase termina y me siento terriblemente humillada. Y mareada, carajo.

Me siento en una banca a esperar a que mi mamá llegue por mi. Tengo puesto un vestido de tela suavecita, como de algodón, muy suelto de abajo. Y unas sandalias de tiras muy delgadas. El sentirme incómoda en esa ropa, me hace sentir vulnerable. ¿Desde cuándo me visto así?

Me siento terriblee y no puedo pensar con claridad. Por más que lo intento, no logro recordar cómo carajos es que estoy embarazada. No me he acostado con un hombre, jamás, nunca. ¿Cómo carajos estoy embarazada?

Levanto la mirada y me encuentro caminando en una calle rodeada de casas setenteras y enormes, como de colonia vieja de ricachones. Casas remodeladas, bonitas, pero no tengo idea de hacia dónde camino. El puto vestido y las sandalias de tiras delgaditas, sin embargo, están haciendo de la experiencia una pesadilla.

No tengo idea de por qué me molestan tanto, pero estar vestida así, de verdad que me hace sentir vulnerable. Como señorita en apuros. Maldito vestido de tela ligerita, siento que en cualquier momento se va a levantar, siento que tengo que ir caminando con las piernas pegadas, siento que las malditas sandalias me cansan.

Pero no dejo de caminar y de pensar. No puedo recordar cómo carajos quedé embarazada. ¿Fue aquella vez que me emborraché con éste cabrón? Si está guapo, carajos, guapísimo, pero no me acostaría con él en la vida. ¿Por qué carajos sigo caminando? Estoy cansada.

Me viene a la cabeza algo, ¿qué es? ¿qué es?

Estoy en casa de mi tía, toda la familia está ahí. Muy pronto, me doy cuenta que todo el mundo sabe que estoy embarazada y que todo el mundo está que tira papel picado al cielo. ¿Por qué chingados están tan felices? Muy felices por mi, muy contentos, no pueden esperar al sobrino. Veo a mi mamá sonreír del otro lado de la sala y me saca de onda.

Una prima se sienta en la mesa y me suelta algo como "Ven, quiero mostrarte unas imágenes que encontré para el baby shower".

Siento una presión enorme en el pecho y ganas de llorar. Le grito que no quiero ver NADA relacionado con bebés, nada, nada, nada. Alguien trata de calmarme y vuelvo a gritar que me dejen en paz. Salgo al patio y luego a la calle antes de que alguien pueda detenerme.

Y entonces me doy cuenta de que, una vez más, estoy caminando en esa colonia de ricachones, con el puto vestido y las putas sandalias y el puto cansancio. Todo el tiempo estoy pensando en mi vientre, todo el tiempo siento algo ahí que no sé cómo explicar, como si tuviera pánico de que algo me pasara, que algo nos pasara. Siento que llevo un círculo de tiro al blanco, cuyo centro es mi ombligo. Lloro en silencio mientras camino.

¿Qué estoy haciendo aquí? Ah si, estoy buscando al padre de mi hijo. AL PADRE DE MI HIJO. En algún punto, durante la reunión familiar, alguien me aclaró algo sumamente importante: yo había estado saliendo con un cuate mayor, así, plan treintón/cuarentón, no lo sé. Alguien con una profesión pedorra y una oficina en ésta colonia pedorrísima, aparentemente.

Lo recordaba, sí, tal vez incluso recordaba haber salido con él un par de veces. Lo que no recordaba era haberme acostado con él. Mi plan era llegar y preguntarle "¿Cogimos?", pero por alguna razón, tenía la idea de que éste cuate ya sabía que estaba embarazada. Tenía que hablar con él, tenía que averiguar cómo carajos había llegado a caminar en vestido y sandalias mientras lloraba en silencio. Esa no era yo.

Yo era jeans y converses, yo era el pelo hecho un desmadre, yo era no niños, por favor, no llanto, no chinguen. Yo tenía planeado irme a estudiar una maestría, por allá, lejos, a un país con 20 grados menos. Yo me iba a tatuar pronto, yo iba a cumplir 25 y me iba a poner una peda magistral, yo era más lesbiana que bisexual, chingada madre... ¿qué hacia embarazada?

Sentía que quien yo era y quien yo quería ser se convertía en un rayón en la última hoja del cuaderno, mismo en el que la historia de mi misma, convertida en madre, se escribía con cada respiración, vestida para siempre en vestido que se levanta y sandalias que incomodan.

Tuve que dejar de caminar, porque tuve ganas de vomitar. No sabía si eran por el maldito embarazo o por el ataque de pánico que estaba teniendo el verme tan perdida, al verme conectada para toda la pinche vida con alguien, responsable de alguien 24 horas al día por los próximos 10 años, sabiendo que todo lo que hiciera tendría repercusiones en la vida de alguien. Para siempre. Sin descanso. Ser mamá.

Trato de llamarle a mi mejor amiga una, dos, mil veces. Nunca puedo marcar bien, nunca entra la llamada, me estoy quedando sin batería. Necesito hablar con ella con urgencia. Quiero abortar. Abortaría y le diría a todo el mundo que había sido un aborto espontáneo.

Sentía que era una pesadilla, que solo necesitaba despertarme, que, de verdad, eso no me podía estar pasando. Pero era real y esa sensación en el vientre no me dejaba en paz. Sabía que si tenía a ese bebé, lo iba a amar y me iba a desvivir por el y no me iba a importar haber dejado todo... pero no quería hacerlo, no quería perderme y dejar de vivir por quedarme a tejer en una mecedora. Quería despertar, ser egoísta, vivir.

 Me negaba, de verdad, no soportaba la idea de tener un hijo.Tuve rabia y desesperación y ganas de tirarme en esa banqueta a llorar hasta secarme.

Mi hermana dice mi nombre y abro los ojos como platos. "Ya despiértate, ya son las 10", no ha terminado de decirlo, cuando brinco de la cama y me paro apoyada en la pared. El corazón me está latiendo como si hubiera corrido diez cuadras y siento una presión en el pecho horrorosa.

Mientras me acuerdo de más cosas soñadas, siento más presión en el pecho. Estoy sumamente feliz por que haya sido un sueño y sumamente desconcertada por haber sentido cosas tan horribles al pensar en estar embarazada.

Camino a la sala y me siento en un sillón, descalza, con las piernas abiertas y con una rebanada de pizza fría en la mano. Cuando me la termino, le envío un mensaje a mi mejor amiga.

-Soñé que estaba embarazada, que no sabía quién era el padre y que quería que me llevaras a abortar.
-Fuck, qué horrible sueño...

miércoles, 30 de octubre de 2013

Ser bisexual, ser de pueblo, ser en soledad.


Durante mucho tiempo, pensé que la primera vez que había tenido "vibra lésbica" había sido a los 15 años, cuando me enamoré de mi primera novia.

Hace relativamente pocos años, un recuerdo bloqueado volvió a mi:

Tenía aproximadamente 8 años y me di cuenta que era diferente a mis amigas. No me gustaba alguien en especial, no estaba infantilmente enamorada de alguna niña, pero sabía que era diferente. Mi cerebro era un puñado de arena en el que resaltaban dos o tres cosas que no podía conectar, por más que trataba.

Vivir en un pueblo pequeño no me ayudaba a entender qué era lo que me hacía diferente, mucho menos a darle un nombre. Me sentía sola, me sentía extraña, me sentía vulnerable y me sentía aterrada. De verdad creí que era la única niña en el universo con esa maraña de ideas en la cabeza. El concepto de homosexualidad era algo sumamente confuso e incoherente.

Conocía a algunos hombres gays. Mi vecino de 12 o 13 años era "maricón", o así era como le decían en la primaria. "Rarito" le decía mi mamá, con tantito más respeto. Nadie decía gay, era una palabra que no existía en mi vocabulario, aunque el concepto me diera vueltas dentro. Un mal concepto, por supuesto. Alexis era frecuentemente molestado en el colegio, imitaban su tono de voz agudo, su forma de caminar y cada característica que lo definiera como algo diferente al "niño normal" que sus compañeros esperaran que fuera.

Además de él, conocía a un pariente lejano mío, Mario. El estaba en sus treintas, era abiertamente gay y abiertamente criticado. Mario no iba a las comidas familiares y siempre lo veía solo. Escuché varias veces que llevaba una vida de excesos, además de haberse hecho varias operaciones. Mario tenía amigos, todos como él. Algunos de ellos tenían el cabello teñido de rubio y siempre los veía borrachos.  Desequilibrio, descontrol y desmadre que generaban un rechazo tanto dentro de la familia, como fuera de ella.

Yo me ponía a pensar en qué pasaría con Alexis cuando "fuera grande", como Mario. ¿Se iba a convertir en alguien así? Alexis era muy tímido y reservado, me preocupaba que hiciera todas esas cosas malas, que la gente le diera la espalda, como se la daban a Mario.

Incluso entendiendo el concepto de homosexualidad, aunque sea a medias, seguía sin entender qué era lo que pasaba. ¿Todos los hombres a quienes les gustaban otros hombres eran así? ¿Habían mujeres? ¿Yo era la única?

Me dio muchísimo miedo saberme en el mismo costal que Mario y Alexis. Por un lado, no me imaginaba contándole a mis papás que me gustaban las niñas y que me dieran la espalda. O, incluso aunque no me la dieran... ¿qué diría mi familia? ¿y mis tías de la socialité? ¿mis abuelos? ¿me invitarían a las reuniones familiares? Me darían la espalda, todos, o hablarían de mi a mis espaldas, que era peor. Sentirme observada, vulnerable, juzgada. ¿Qué dirían mis amigas? ¿y los papás de mis amigas? Seguro les prohibirían verme o ellas tendrían miedo de mi.

Y cuando fuera grande, ¿qué? ¿Tendría que estar sola siempre, como Mario? ¿Qué tipo de personas serían mis amigas? ¿Habían mujeres como yo? ¿Yo era la única? ¿YO ERA LA ÚNICA? No conocía a nadie, a n-a-d-i-e, jamás me habían hablado de mujeres que se enamoraran de otras mujeres, ni si estaba mal. Pero yo sabía que estaba mal. A veces me golpeaba en la cara la palabra "machorra", pero era todo. Y yo no era machorra. Me gustaba mi vestido azul y tener el pelo largo, no jugaba futbol, no era machorra. ¿Tendría que serlo?

Decidí que no quería ser machorra, ni ser molestada en el colegio, ni que mis papás me dejaran de querer, ni hacerlos sufrir, ni que mi familia me criticara, ni estar sola. Lo decidí, así como se decide no comerse todos los chocolates de la caja en una sola tarde. Esa no era yo, ni quería serlo.

Y no lo fui, o eso me hice creer durante mucho tiempo. De dientes para fuera, claro, porque aunque había bloqueado esa línea de pensamientos, me seguía sabiendo y sintiendo sola.

Crecí rodeada de amigas, hablando de las Spice Girls, de Hanson, de brillos labiales con olor a chocolate y de todos sus novios. Yo nunca tuve uno. Me gustó un güerito cuando tenía 10 años, pero hasta ahí. Sentía casi la obligación de encontrar alguien a quien atribuirle mi pendejo corazón por temporadas, porque si no me inventaba eso, no tenía de qué carajos hablar.

Con el tiempo, le fui perdiendo el miedo y aprendí el significado de la palabra lesbiana. Que, por cierto, me sonaba horrible. Luego, aprendí que no todas las lesbianas eran machorras, así, traileras, cabronsísimo. Cuando tuve como 12 años, apareció frente a mi por primera vez el concepto "bisexual" y sentí que algo encajaba dentro de mi. Me gustaba sentir que tenía opciones, no tener que dejar de ser yo para pertenecer a un concepto. Me gustaba saber que no tenía que ser machorra, pero que estaba bien que no me encantaran las faldas y los tacones. Me gustaba saberme menos confundida.

Sin embargo, a pesar de que resolvía poco a poco la maraña de ideas que tenía, me seguía sintiendo sola. No quería decírselo a mis amigas, no estaba preparada. Más de una vez estuve a punto de decírselo a una de ellas, la única que sigue a mi lado más de 10 años después... la Flaca era alguien a quien yo admiraba mucho y sabía que no me iba a juzgar, pero ni siquiera me pasaba por la cabeza cómo soltar algo así de grande.

Me sentía sola, además, porque de las 30 mil personas que habían en mi pueblo, no había ninguna mujer lesbiana. No tenía un modelo a seguir, alguien a quien mirar hacia arriba, una sola mujer que me hiciera ver que no era la única pinche freak en todo el pueblo. Que había alguien más como yo, allá afuera, que no me iba a pasar nada.

Es difícil de entender cuando creces en una ciudad, lo supe después. En un pueblo, todos son hijos de alguien, sobrinos, ahijados y todos están bajo la lupa de la chingada gente. Mi mamá y todas las mamás de mis amigos eran omnipresentes. Todo el mundo se enteraba de todo lo que hacías y dejabas de hacer. Siempre me pregunté qué iba a pasar si me llegara a gustar alguien, fuera hombre o mujer. Pero, ¿quién me podía gustar? Era la única pinche lesbiana de mi pueblo. O bisexual. No estaba segura.

¿Cómo se supone que yo descubriría quién chingados era? ¿Iba a estar sola el resto de mi vida? ¿Jamás iba a tener novia? Estamos hablando de principios de los dosmiles, viviendo en mitad de la nada, en una ciudad pequeña, léase "pueblo", en el cual todo el mundo sabía quién era. Me sentía asfixiada, observada. Yo no tenía otra realidad con la cuál comparar en la que yo vivía, así que pensé que sería lo mismo en donde sea.

En el 2003 sucedieron muchas cosas.

Primero, aparecieron haciendo un escándalo impresionante dos chavitas vestidas de colegialas besándose bajo la lluvia. Ustedes pueden decir lo que quieran, pero el ver que Lena y Julia se besaran en todos los canales me hizo vibrar y sentir que no estaba sola, que había alguien más allá afuera, no importaba qué tan lejos, que era igual que yo. Todo el mundo hablaba de eso, para bien o para mal. Los comentarios negativos era algo que esperaba, pero los positivos de las personas que menos me imaginé, me hicieron sentir una aceptación indirecta que no había sido consciente de necesitar.

Poco tiempo después, encontré en la televisión la película "The Truth About Jane" una tarde que me quedé sola en casa. Ellen Muth era Jane, una gringuita de pocos años más que yo enamorada de una amiga de la escuela. Durante la película, Jane se sentía sola y diferente, aterrada por sus sentimientos, rechazada por sus padres. Me sentí identificada, por supuesto, me dio muchísimo miedo tener que vivir lo que ella vivía... y al mismo tiempo, sentí que no estaba sola, que había alguien allá afuera, no importaba qué tan lejos, que era igual que yo. Jane tenía amigos que la aceptaban y sus padres, al final del cuento, terminaban haciéndolo también. El proceso había sido difícil, pero me dio esperanzas.

Por último, tuve la oportunidad de leer a lesbianas y bisexuales. Y eso sí que construyó algo muy fuerte dentro de mi. Me sentí acompañada, me sentí protegida. Sentí como si hubiera encontrado cientos de "madres sustitutas" a través de Rompiendo el Silencio, una revista lésbica chilena, a quien le debo más que a todo lo anterior. Por primera vez tuve la oportunidad de meterme en la cabeza de mujeres como yo y saber lo que pensaban, cómo vivían, a qué se dedicaban. Eran hermanas lesbianas, bisexuales, mujeres, latinas, como yo. Eran fuertes, inteligentes, interesantes y me cuidaban, aun sin saberlo, aun sin haberme puesto jamás en contacto con ninguna de ellas.

Me sentí un poco menos sola, a pesar de que "nada había cambiado" en realidad. Me sentí menos sola, más segura. Y si, seguía viviendo en el mismo pueblo de mierda, seguía bajo la lupa, seguía estando dentro del closet y sin visitas en él. Pero algo había cambiado dentro de mi, tenía esperanzas, sabía que no importaba hacia dónde caminara, yo tenía la oportunidad de romper con el estereotipo de homosexualidad jodida bajo el que había crecido.

Entendí, por primera vez, que ser lesbiana o bisexual era algo que me pertenecía, pero no me definía. Que podía ser muchas cosas más además de eso, que no tenía que darle explicaciones a nadie si no se me daba la gana, que tenía una oportunidad de crecer fuerte, de llevar una vida normal, sin ser marginada o rechazada.

Poco tiempo después me enamoré, me fui de vivir del pueblo y todo pasó demasiado rápido después de eso. Tuve la oportunidad de conocer mujeres maravillosas que cuidaron de mi cuando fui muy joven y que siguen siendo amigas mías hasta el día de hoy. Tuve la oportunidad de experimentar quién chingados quería ser. De que me rompieran el corazón y enamorarme otra vez, y otra, y otra.

Y si, mucho tuvo que ver que me salí del pueblo para estudiar, pero hoy puedo regresar ahí sin miedo. Incluso si me hubiera quedado ahí, sé que las cosas hubieran mejorado lento, pero seguro.

Las cosas mejoran y eso es algo que quiero dejar claro para cualquier persona que de pura cagada llegue a éste post con el mismo sentir. No estás solo, no eres la única que está confundida, no eres el único que siente que nació en el cuerpo equivocado, no eres la única que odia tener que usar vestidos. No estás solo, habemos muchos como tú y todo va a estar bien, aunque tu vida parezca una broma de mal gusto en éste momento.

No todos los padres echan de casa, no todos los amigos dan la espalda, no todos los adultos son de mente cerrada, no toda la familia te juzga. Y aun si así fuera el caso, no estás solo, de verdad que habemos muchos.

Habría sido algo que me hubiera gustado saber todo el tiempo que me sentí sola y asustada, que me sentí fuera de lugar, que me sentí sin esperanzas. Espero que ésto llegue a mi yo del pasado o a quien quiera que lo necesite.

miércoles, 16 de octubre de 2013

Amiga de mierda.


Hace como dos meses, le llamé a Superman a media noche un jueves cualquiera. Estaba con su novia y, a pesar de que insistí en marcarle luego, ella insistió más en que no era necesario. Sabía que no le iba a volver a marcar, supongo.

Tenía no recuerdo cuánto tiempo que no hablábamos. Meses, probablemente, de verdad que no lo recuerdo. Desde su cumpleaños, tal vez, y antes de eso, desde una tarde que nos quedamos dormidas en su casa. No la volví a buscar después de eso, hasta aquel jueves cualquiera.

Me sentí culpable, por eso la busqué.

Semanas antes, me había llamado por teléfono. Estaba llorando, me necesitaba y yo no tenía tiempo de verla. Tampoco tenía ganas de verla, no las suficientes para mandar mis pendientes al carajo por una amiga llorando al teléfono, ¿nos vamos entendiendo? Mientras hablábamos, pasamos una al lado de la otra en una calle cerca de mi casa. Ella me vio, yo no la vi a ella. Lloró más. Quedamos de vernos luego y nunca pasó.

En ese momento no sentí nada. Y seguí sin sentir nada, o aparentando no hacerlo, hasta aquel jueves cualquiera.

Me sentí culpable. Me sentí culera. Me sentí mala amiga. Me sentí heartless bitch.

Y es que ella es una amiga de mierda. Para ser sinceras, es una de las peores amigas que he tenido en la vida. Sin embargo, el 99% de las veces que me he caído al suelo (y no ha sido ella quien me ha empujado), ha estado al pie del cañón, pendiente de mi, apoyándome, sin importar que hayamos estado peleadas a muerte o que, segundos antes, la haya mandado a la chingada.

Y bajo esa línea de pensamiento fue que me sentí heartless bitch.

No nos habíamos visto en meses, ni por equivocación. Viviendo en la misma ciudad, se acaban las excusas, ¿no? Pero yo no di ni una sola, nomás no volví a aparecer en el cuento. No quise volver a aparecer en el cuento.

No tenía ganas de verla. Nadita. Y no sabía por qué, si en realidad, no había sucedido algo contundente para que yo pusiera tierra de por medio. Discutimos una vez porque ella, aparentemente, no soporta el bromance que tengo con uno de mis mejores amigos y se sintió "desplazada". Fuera de eso, nada.

Me pegó como chingadazo en la frente ese mismo jueves, unas horas antes de llamarle, mientras manejaba al centro.

Superman y yo, en ese momento, no teníamos un solo conflicto. Sin embargo, dentro de mi sentía esa revolución de emociones y una chispa de no sé qué chingados que me impedía estar en paz cuando estábamos juntas. Misma chispa que me llevaba a estar hiper-sensible a absolutamente todo lo que decía y hacía. Mi nivel de tolerancia para/con ella era ínfimo y quería lastimarla con cada palabra que salía de mi boca. Y entonces entendí que no quería lastimarla, como tal, si no "regresársela".

El conflicto venía de antes. No la había perdonado. Incluso hoy, no termino de hacerlo. Y la verdad, es que no tengo idea qué porción de la enorme cantidad de mierda que tenemos a nuestras espaldas es la que me sigue molestando. O si son varias. O si es una combinación. No confío en ella y, además, le tengo resentimiento.

Ni siquiera creo que se trate de la etapa en la que estuvimos en una relación, si no de la lista eterna de chingaderas que se ha desarrollado en el proceso de adaptación para ser amigas.

El día que nos quedamos dormidas en su casa, por ejemplo, se aventó la puntada de decir que X ex suya había sido la única ex inteligente que había tenido. Léase: a) Para ella, lo nuestro no fue una relación. b) Para ella, yo soy una pendeja.

Siendo sincera, estoy consiente de que un comentario así debería valerme madre, pero por alguna razón, no lo hace. Me enojé. Mucho. No le hice un escándalo, no le dije nada en ese momento, pero sentí cada latido explotándome en la cabeza. A pesar de haberme controlado, es algo que no pasé por alto.

No la he perdonado, señoras y señores. Puedo, mentalmente, hacer una lista medianamente vergonzosa de situaciones un poquito menos pendejas que la anterior, que me duelen/arden/emputan/decepcionan y que, en su momento, me tragué en seco.

Aquel jueves cualquiera, le llamé para explicarle precisamente eso, pero no pude. Estaba-con-su-novia. Lo único que atiné a hacer, fue pedirle perdón por no haber estado cuando me necesitó y por ser mala amiga. Ella estaba muy feliz de escucharme, de que habláramos después de tanto. Prometí que nos veríamos pronto, por supuesto.

Pocos días después, le pedí que habláramos. Tengo que admitir que fue un poquito mi error pedirle permiso, porque conozco a pocas personas más saconas que Superman... pero el cuento es que me mandó a la chingada. Que ya estaba harta de que siempre sacara a cuento lo mismo de siempre.

Quise decirle que no era lo mismo de siempre, que era algo importante, pero la realidad es que, si fuera ella, yo también estaría harta.

Y pues bueno, "ahí quedó". No nos vimos.

Yo no tengo corazón para pararme frente a ella y ponerme a llorar de rabia y tristeza por la cantidad de cosas que se me atoran entre pecho y espalda cada vez que estamos cerca, ahora que está tranquila y feliz.

Ese día llegará solo en algún momento, o desenredaré mi cabeza y la perdonaré sin necesidad de hablar. Lo que ocurra primero. Supongo que dentro de ese proceso tengo que resignarme a que es una amiga de mierda. Ella, por lo visto, se resignó a que yo lo sea.

La quiero con toda mi alma, pero no estoy segura si el día de hoy puedo convivir con la bomba cronometrada que somos una para la otra.

Ni ella, ni yo sabemos qué cable cortar.


miércoles, 4 de septiembre de 2013

Indecente.



Mi papá es un hombre que, a sus 50 años, tiene una mentalidad lo suficientemente abierta para tener una conversación decente acerca de sexualidad. A comparación de lo negada que está mi mamá para hablar del tema, por ejemplo.

Por costumbre, trato de mantener el plan "hipotético", a pesar de tener 24 años y haber dejado bastante clara mi postura en cuanto a la virginidad y la religión en relación a la sexualidad. No termino de pensar que es mi papá y que le debo aunque sea un poquito de respeto a lo que él hubiera esperado de mi.

No es que sea mocho, pero nació hace 50 años y fue criado diferente. Lo tengo claro. Las razones que me impiden tener el valor de dejar atrás las situaciones hipotéticas como referencia en nuestras conversaciones son dos:

1. El no sabe que no soy heterosexual.
2. Una conversación que tuvimos hace muchos, muchos años.

Tenía como 17 y hacía como un año que había tenido sexo por primera vez. Mi mamá iba dormida y mi papá iba manejando, nos quedaban varias horas de camino y apareció el tema de una amiga que se había embarazado. Una cosa llevó a la otra y, de repente, estábamos hablando acerca de la diferencia que existe entre lo que se espera de una mujer y de un hombre sexualmente hablando en la sociedad.

Le decía que era injusto que a los hombres se les incitara y presionara desde la pubertad a iniciar su vida sexual y que de las mujeres, lo único que se esperara, es que cerraran las piernas durante 10 años aproximadamente. Que se debería ser libre de decidir si quieres iniciar tu vida sexual a los 15 o a los 25, sin importar tu género.

El me dio la razón en algunas cosas, pero me dijo que a pesar de que habían pasado más de 20 años desde que el había tenido mi edad, las situaciones eran las mismas, las personas eran las mismas. Y que, al final del cuento, sin importar qué tan cogedores habían sido los hombres, no buscaban a las chavitas con las que se la habían "pasado bien" para casarse.

Los hombres siempre, siempre, siempre se querían casar con la virgen, con la decente, con la que no tenía "mala reputación" y con la niña de familia.

Yo nomás no supe qué decir.

En mi cabeza daban vueltas bastantes argumentos en los que "bueno, pero si de todos modos, yo no me voy a casar con un hombre" era el que sonaba más fuerte. Y luego me puse a pensar en que cabía la posibilidad de que me llegara a gustar un hombre, tanto como para tener una relación. Y si nos enamorábamos y nos queríamos casar... pues una cosa es decir "he cogido antes" y otra, muy diferente, es aventarte el "he cogido antes con mujeres".

Lo veía como una posibilidad remota, pero no paraba de darle vueltas en mi cabeza. En ese momento no tenía una pareja, pero definitivamente no me veía cerrando las piernas de nuevo ni siquiera por un año, mucho menos hasta casarme. Y no cerrar las piernas, equivalía a que, si llegaba a enamorarme de un hombre o una mujer que tuviera una idea parecida a la de mi papá... ¿qué iba a hacer?

¿Mentir? ¿Era mentira o era omisión? No podía con la idea de cagar un buen futuro por que mi reputación asustara a la persona de la que yo me hubiera enamorado. Con la cual me quisiera casar.

Algunos años y camas recorridas después, mi hermana me preguntó con cuántas personas había estado. Mientras contaba (con una mano) recordé esa conversación con mi papá. Y entonces lo tuve claro y sentí cómo un peso que no sabía que tenía encima desde ese momento, desapareció.

La situación hipotética en la que mi futuro matrimonio se viera destrozado por la lista de personas con las que me he acostado es completamente irreal. Imposible. Simplemente no me veo en una relación con una persona que se sienta con la autoridad moral de juzgarme por lo que hice, hago o dejo de hacer con respecto a mi vida sexual, mucho menos casándome con ella. No creo que en algún momento yo pudiera llegar a estar interesada en alguien con ese perfil.

"Papi, pues si el hombre del cual me enamore tiene el descaro de recriminarme con quiénes o con cuántos lo hice antes de hacerlo con él, no es él quien me va a dejar. La que agarre sus chivas y lo mande a la chingada, seré yo. Absolutamente nadie tiene derecho a pedirme cuentas acerca de mi vida sexual"

La respuesta está en mi cabeza y, si algún día vuelvo a tener esa conversación con mi papá, definitivamente sé qué contestaría.


viernes, 30 de agosto de 2013

Lentejas.



El primer recuerdo que tengo de las lentejas, fue en el jardín de niños. Parte de una actividad artística era hacer un dibujo relleno de lentejas.

Metí la mano completa en el bote que llevó la maestra y descubrí, maravillada, que eran pequeñitas como el arroz, pero no picaban, porque eran redonditas como los frijoles. No pude hacer más que abrir y cerrar la mano dentro del bote con todo el cuidado del mundo por no sé cuánto tiempo.

Muchos años después, ese incidente hizo que Amelie, de Jean-Pierre Jeunet capturara mi atención en los primeros minutos y después, se convirtiera en una de mis películas favoritas.

En mi casa nunca hubieron lentejas. Ni crudas, ni cocidas. A mi querida madre no le gustaban, por lo tanto, estaban prohibidas. Las comía, algunas veces, en casa de mi tía. Deliciosas, pero tremendamente difíciles de controlar con ese calducho turbio y los trozos de embutidos.

El primer recuerdo que tengo de mi enamorándome de las lentejas, aparece algún tiempo después. Quizá tenía 10 años, no lo sé. La mamá de una de mis mejores amigas hizo unas lentejas "duras". Eran algo entre puré de papa y frijoles refritos, pero con un sabor dulzón que me conquistó desde la primera cucharada.

Debut y despedida. Honestamente, no recuerdo haberlas probado nunca más, aunque pudo haber sido que si, pero no guardo el recuerdo. Son ese tipo de cosas a las que no les prestas atención cuando tu máxima preocupación es chupar "a fondo" el platito del Duvalín.

Mientras crecía, el recuerdo del "puré de lentejas" se hizo cada vez menos recurrente. Cuando se me venía a la cabeza cada muchos años, la pregunta sin respuesta de la receta no era algo que me generara demasiada curiosidad hasta hace algunas semanas me desperté con el sabor de ese pinche puré de lentejas en el paladar. Cual si estuviera embarazada, el recuerdo del exquisito sabor de las lentejas dulzonas no me dejaba vivir.

Después de preguntarle a toda mi parentela acerca de la receta sin tener una respuesta, decidí que lo único que podía hacer era cocinarme yo misma el ticket hacia aquel sabor tan de mi infancia. Desde cero. Tratar de materializar ese recuerdo casi insípido en un sabor que yo pudiera desfragmentar y luego, volver a crear en la cocina de mi casa.

¿Qué era lo peor que podía pasar? Perder $20 y media hora de mi vida en el intento.

Resultó que me equivoqué. En realidad, gasté $40 en los ingredientes de la receta y no me llevó media hora de mi vida, si no una hora completa de incertidumbre.

Lo que gané, sin embargo, fueron las lentejas más ricas del mundo. Idénticas a las que probé en mi infancia y mejores, porque las hice yo. Fue una de esas pequeñas victorias con uno mismo que te hacen infinitamente feliz.

No quiero parecer Tita, de "Como Agua Para Chocolate", pero les comparto mi receta. MI RECETA. Es la primera vez que puedo decir que cociné pensando, que me tomé la molestia de abstenerme de revolotear por la cocina cocinando con la nariz solamente y racionalizar todo lo que mi nariz me decía que hiciera, así que espero que aprecien muchísimo lo que están a punto de leer.

"Puré de Lentejitas"

Ingredientes:

2 tazas de lentejas.
2 plátanos machos maduros.
2 papas pequeñas.
4 tazas de agua.
1 diente de ajo.
2 cucharadas de mantequilla.
1 cucharada de jugo de limón.
2 cucharadas (aprox) de sal gruesa.
1 pizca de pimienta.

1. En una olla mediana se ponen a hervir el agua, el diente de ajo, la sal y la pimienta. Se deja hervir durante algunos minutos.
2. Se agregan las dos tazas de lentejas, los plátanos y las papas previamente pelados y cortados en trozos grandes y se dejan hervir durante aproximadamente 10 minutos a fuego medio, o hasta que las lentejas y las papas estén cocidas.
3. De acuerdo a la cantidad de caldo que se tenga, se deja consumir entre 5 y 10 minutos a fuego alto, cuidando que las lentejas no se peguen. Cuando el caldo se haya consumido lo suficiente, se quita la olla del fuego.
4. En una sartén grande a fuego lento se van agregando las lentejas, el plátano y las papas tratando de escurrirlas lo más que se pueda. Una vez que todo el contenido de la olla se encuentra en la sartén, se le sube la llama a fuego medio y se utiliza un machacador para hacer puré e integrar todo lo más homogéneamente que se pueda.
5. Se va moviendo regularmente el puré, buscando consumir el resto de líquido que queda. Una vez que está lo suficientemente sólido, se le agrega el jugo del limón. Luego se acomoda el puré en la mitad de la sartén y se pone a derretir una cucharada de  mantequilla en la otra mitad. Se va incorporando poco a poco el puré y se repite lo mismo en la otra mitad del sartén con la otra cucharada de mantequilla.
6. Se mueve el puré de forma envolvente hasta que se consigue una consistencia parecida a la de los frijoles refritos.

P.D. Si alguna hace mis lentejitas, por favor, háganmelo saber. Me haría sentir muy orgullosa.